El juicio de un hecho o un personaje público conlleva una peligrosidad mayor que una opinión personal, que una mera opción de gusto. Criticar o elogiar a algo o a alguien de cierta notoriedad, es también adherir o rechazar a la idea que el inconciente colectivo sostiene sobre tal circunstancia o persona. Reconocer, por ejemplo, que se disfruta una obra de Stravinsky, ha sido, durante años, una tácita toma de distancia al dodecafonismo de Schömberg.Juzgar lo inamovible, lo pasado, tiene la comodidad de una enésima relectura. Se puede ser beethoveniano, o borgeano; en ambos casos será cómodo serlo: Beethoven no comenzará mañana la escritura de su sexto concierto para piano y orquesta, Borges no volverá a corregir El Aleph (y uno no deberá dudar ante el riesgo de comerse las opiniones anteriores).Los muertos ya no pueden decepcionarnos, es más: ya no deben decepcionarlos. Por eso nos inquieta tanto la revelación de un dato biográfico que algún revisionista desempolva haciendo temblar a ese arquetipo al que nos hemos querido asemejar, o distanciar. Por eso nos altera la aparición de inéditos, de viudas, de hijos no reconocidos, de alumnos disidentes.Juzgar lo contemporáneo es enfrentar el riesgo de situar lo movible, lo bueno que puede convertirse en malo, lo original en predecible, lo genial factible de transformarse en mediocre con un nuevo libro, sinfonía o discurso.Por eso nos envalentona homenajear o execrar al ídolo enterrado, bien enterrado; no vaya a ser que se levante al tercer día a desdecir la opinión que tanto nos costó enhebrar.
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