La idea del coach de vida que los americanos del norte están imponiendo en otras latitudes, al igual que lo han hecho con alguna que otra costumbre de la existencia diaria, me ha hecho recordar mi corta, fatídica y adorable experiencia con el psicoanálisis.
Recuerdo haber caído en una supuesta terapia por obra de un detonante: una intoxicación. En un consultorio me dio la bienvenida una exquisita, bella e inteligente mujer de ojos avellanados y pelito a dos aguas. Al enterarse del suceso reciente no tardó en decirme: “Cuando uno se intoxica hay motivos internos”. Me pareció interesante la acotación. Quince días después la señorita suspendía la consulta… por haberse intoxicado. La anécdota me sirvió, años después, para diseñar la que llamé teoría de los espejos: “Toda persona y situación a que nos enfrentamos nos refleja, lo que nos molesta de los demás son rasgos que no asumimos en nosotros, cada juicio que emitimos nos describe, la relación que mantenemos con el mundo es idéntica a la que mantenemos con nosotros mismos”. (La señorita había acertado en su elucubración: en mí había un motivo interno… el mismo que ella no asumía en sí misma.)
Siguiendo esta línea de pensamiento, el psicoanálisis se convierte en un juego de imitación y limitación mutua, un poker en que cada jugador desconoce que su contrario posee cartas idénticas a las propias. En conclusión: cada terapeuta tiene el paciente que se merece.
El siglo XX no ha dado otro escritor más influyente que Sigmund Freud -a quien Borges no dudó en adjetivar de viejo chismoso- Su obra, más ficcional que científica, ha modificado el rumbo de todas las artes. ¿Esta extraña mixtura entre vida real y virtual, a laque el siglo XXI nos expone, será acaso una consecuencia del pensamiento freudiano?
Richard Wagner dijo que el artista era lo conciencia de lo inconsciente. En un mundo cada vez menos artístico, y en el que cada individuo, con más frecuencia, delega sus decisiones a la masa, no debería extrañarnos la idea de un coach de vida. Una célebre frase de Julio Cortázar nos alerta de este peligro: “Un hombre es el uso que da a su libertad.”
Recuerdo haber caído en una supuesta terapia por obra de un detonante: una intoxicación. En un consultorio me dio la bienvenida una exquisita, bella e inteligente mujer de ojos avellanados y pelito a dos aguas. Al enterarse del suceso reciente no tardó en decirme: “Cuando uno se intoxica hay motivos internos”. Me pareció interesante la acotación. Quince días después la señorita suspendía la consulta… por haberse intoxicado. La anécdota me sirvió, años después, para diseñar la que llamé teoría de los espejos: “Toda persona y situación a que nos enfrentamos nos refleja, lo que nos molesta de los demás son rasgos que no asumimos en nosotros, cada juicio que emitimos nos describe, la relación que mantenemos con el mundo es idéntica a la que mantenemos con nosotros mismos”. (La señorita había acertado en su elucubración: en mí había un motivo interno… el mismo que ella no asumía en sí misma.)
Siguiendo esta línea de pensamiento, el psicoanálisis se convierte en un juego de imitación y limitación mutua, un poker en que cada jugador desconoce que su contrario posee cartas idénticas a las propias. En conclusión: cada terapeuta tiene el paciente que se merece.
El siglo XX no ha dado otro escritor más influyente que Sigmund Freud -a quien Borges no dudó en adjetivar de viejo chismoso- Su obra, más ficcional que científica, ha modificado el rumbo de todas las artes. ¿Esta extraña mixtura entre vida real y virtual, a laque el siglo XXI nos expone, será acaso una consecuencia del pensamiento freudiano?
Richard Wagner dijo que el artista era lo conciencia de lo inconsciente. En un mundo cada vez menos artístico, y en el que cada individuo, con más frecuencia, delega sus decisiones a la masa, no debería extrañarnos la idea de un coach de vida. Una célebre frase de Julio Cortázar nos alerta de este peligro: “Un hombre es el uso que da a su libertad.”
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