Es difícil encontrar personas que se autodenominen ateas. Quizá sea el resultado de la influencia que las religiones tradicionales –muchas de ellas relacionadas al poder político y económico- han ejercido sobre el desarrollo de las diferentes sociedades.
Cada doctrina ha delineado -con habilidad- los preceptos que, en determinados lugares y épocas, han sido necesarios para crear, en la opinión colectiva, el caldo de cultivo necesario para la proliferación de sus dogmas.
Detrás de este acto de astucia, pueden reconocerse algunos conceptos que -acaso sin pretenderlo- perduraron a través de centurias con un valor intrínseco inestimable.
El reconocimiento de un Ser Superior que advierte y dirige cada acto de la existencia en un papel limitado -o sea diseñado bajo conceptos humanos- plantea una situación dual de ventaja y desventaja simultáneas.
Por un lado, la idea de un dios que manda, no con una Creatividad de Espiritual Deidad, sino con una autoridad formada por los atributos de un hombre llevados a la enésima potencia, ha servido, durante milenios, para encuadrar a los pueblos en un orden legislativo. (Ya se ha dicho que los cultos que han armado esa idea tridimensional del Señor, también colaboraron con sus mandatos a resolver problemáticas prácticas imponiendo soluciones, so pena de la condena eterna. Son claros ejemplos: la prohibición de comer ciertos alimentos -hecho que prevenía enfermedades bromatológicas no estudiadas- o la monogamia –medida cautelar tendiente a evitar problemáticas de heredad con prole no reconocida-)
Por otro lado, conceptuar un Creador circunscripto en tiempo y espacio, impide dimensionar su verdadera magnitud.
La incongruencia entre ambas tesis es obvia: si el hombre está hecho a imagen de Dios, Dios no puede estar hecho a imagen del hombre.
¿Es posible tener una Fe real en un ser cuyos admirables atributos no son más que proyecciones geométricas de nuestras propias virtudes y miserias?
La respuesta está en la actitud de cientos de personas que, denominándose creyentes, condicionan, con su actitud, el área de influencia divina -si se me perdona la frase tan poco teológica- .
Para esos hombres, Dios es la última salida a un drama, alguien en un lugar determinado al que se acercan para evitar una desgracia futura, o una decepción torturante que llega para la pasterización del alma.
Ser pío por temor es la forma más mezquina de espiritualidad. A mi entender, en ese estilo de religiosidad, hay cierto grado de nihilismo encubierto.
Para el enciclopedismo católico, un nihilista es quien no acepta doctrinas que no son apoyadas con pruebas.
¿Limitar a Dios no es, acaso, desconfiar de su omnipresencia por falta de sondeos comprobables? ¿No se plantea, entonces -como arriesgó Heidegger en sus anotaciones sobre la sentencia “Dios ha muerto” de Nietzsche- una desnaturalización de la metafísica, en la cual lo suprasensible se convierte en un producto carente de toda consistencia?
Estos dos tipos de religiosidad esconden en sí uno de los más grandes dilemas filosóficos de la humanidad: amar o temer
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Detrás de este acto de astucia, pueden reconocerse algunos conceptos que -acaso sin pretenderlo- perduraron a través de centurias con un valor intrínseco inestimable.
El reconocimiento de un Ser Superior que advierte y dirige cada acto de la existencia en un papel limitado -o sea diseñado bajo conceptos humanos- plantea una situación dual de ventaja y desventaja simultáneas.
Por un lado, la idea de un dios que manda, no con una Creatividad de Espiritual Deidad, sino con una autoridad formada por los atributos de un hombre llevados a la enésima potencia, ha servido, durante milenios, para encuadrar a los pueblos en un orden legislativo. (Ya se ha dicho que los cultos que han armado esa idea tridimensional del Señor, también colaboraron con sus mandatos a resolver problemáticas prácticas imponiendo soluciones, so pena de la condena eterna. Son claros ejemplos: la prohibición de comer ciertos alimentos -hecho que prevenía enfermedades bromatológicas no estudiadas- o la monogamia –medida cautelar tendiente a evitar problemáticas de heredad con prole no reconocida-)
Por otro lado, conceptuar un Creador circunscripto en tiempo y espacio, impide dimensionar su verdadera magnitud.
La incongruencia entre ambas tesis es obvia: si el hombre está hecho a imagen de Dios, Dios no puede estar hecho a imagen del hombre.
¿Es posible tener una Fe real en un ser cuyos admirables atributos no son más que proyecciones geométricas de nuestras propias virtudes y miserias?
La respuesta está en la actitud de cientos de personas que, denominándose creyentes, condicionan, con su actitud, el área de influencia divina -si se me perdona la frase tan poco teológica- .
Para esos hombres, Dios es la última salida a un drama, alguien en un lugar determinado al que se acercan para evitar una desgracia futura, o una decepción torturante que llega para la pasterización del alma.
Ser pío por temor es la forma más mezquina de espiritualidad. A mi entender, en ese estilo de religiosidad, hay cierto grado de nihilismo encubierto.
Para el enciclopedismo católico, un nihilista es quien no acepta doctrinas que no son apoyadas con pruebas.
¿Limitar a Dios no es, acaso, desconfiar de su omnipresencia por falta de sondeos comprobables? ¿No se plantea, entonces -como arriesgó Heidegger en sus anotaciones sobre la sentencia “Dios ha muerto” de Nietzsche- una desnaturalización de la metafísica, en la cual lo suprasensible se convierte en un producto carente de toda consistencia?
Estos dos tipos de religiosidad esconden en sí uno de los más grandes dilemas filosóficos de la humanidad: amar o temer