martes 10 de junio de 2008

Después de tantos años

por Marcelo Galliano

Hoy mirarás la aurora renovada, silente,
te mojarás el rostro, de cara a los espejos
con cauteloso empeño te observarás la frente,
entornando los ojos cual quien mira a lo lejos.

Te tocarás los labios, confirmarás tus rasgos
y sonreirás a medias por seguir siendo hermosa,
luego irán a tu pelo tus dedos como trasgos
llegando suavemente, cual tocando una rosa.

Y tenderás la cama y te dirás: “lo siento,
no hay tiempo para dudas” y seguirás acaso
pensando “es sólo un día”. Pero el mudo lamento
de esa caja te atrapa…, tal vez en tu regazo

la pongas lentamente con extremo cuidado,
tengas miedo de verla más digas que no importa,
que nada es tan valioso de lo que está guardado,
que sólo con no verlo lo pasado se aborta.

Pero tal vez, quién dice, te decidas a abrirla
y, temerosamente, hurgues en el recuerdo
y ante tu vista pongas la historia que al sentirla
querrás recuperarla, plantearle un mutuo acuerdo.

Habrá más de una foto… cruel, amarillenta,
descifrarás en ella un rostro conocido
y posarás tu mano como un alivio, lenta,
probando asirte, acaso, a aquello que has perdido.

A un frasco de perfume asomarás tu boca
y en él querrás, quién dice, recuperar un poco
de un aroma extraviado que en sueños te provoca,
pero el vidrio vacío susurrará: “tampoco”.

Probarás entre cartas buscando la perdida
frase maravillosa que el tiempo borroneó
y en alguna carilla nítida y dolorida
leerás en letra clara la palabra “pasó”

Una flor que, ya seca, persistirá en el fondo,
robará, por instantes, tus ojos, tu atención
y acaso ilusionada pruebes llevarla al hondo
refugio de tu pecho, y ella te diga “no”.

Y entonces ya muy triste querrás cerrar la caja,
pero algo ya olvidado encontrarás ahí:
como una cosa inútil, como una falsa alhaja,
una página torpe que hace tiempo escribí.

La leerás con cuidado, recordarás quién era,
verás que cada frase ha negado a morirse,
que acaso resucite con cada primavera,
que te toma las manos y que se niega a irse.

Reirás por este loco que nunca ha sido nada,
que en tu vida no tiene ni un lugar escondido,
que es un papel tan sólo que soportó la oleada
que todo se lo lleva sin escala al olvido.

Y esas palabras tontas te enjugarán el llanto
y habrá tenido entonces criterio mi existir.
Yo que jamás fui nadie…, que te he querido tanto…,
me quedaré conforme, y me podré morir.

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lunes 2 de junio de 2008

La escritura nocturna: esas cosas que nos avergüenzan

Por Marcelo Galliano

“Estudiar psicología es una buena forma de analizarse sin exponerse a una terapia.” La frase me la dijo, recientemente, un reconocido especialista que, no sin una sustancial cuota de ironía, afirma que la intelectualización de ciertos problemas es la manera más cómoda de eternizarlos, que la tercerización de ciertas emociones es la solución más elegante de darlas a la luz sin exponerse de manera personal.
En un ensayo parcialmente publicado por Revista Ñ, el italiano Claudio Magris ha dividido, al igual que Ernesto Sábato, la escritura en dos grandes grupos: diurna y nocturna. Engloba, dentro de la primera categoría, los textos resueltamente luminosos en que el escritor expone, con voz propia o con la de su personaje, un sentimiento o una idea de la que es conciente. Incluye, en cambio, en la segunda, los textos insalvablemente oscuros en los cuales, el autor, en tono personal o ficticio, revela sentimientos y situaciones distantes a su filosofía, a su moral o a sus convicciones.
Esta división entre escritura diurna y noctuna (blanca y negra, conciente e inconciente) lleva a reflexionar no sólo sobre la responsabilidad del Arte en el comportamiento social de las personas, sino en el papel del receptor. Todo escritor –me incluyo- puede violar, asesinar, robar y delinquir en cual otra forma, dentro del esquema ficcional de un cuento o de una novela. El lector -de acuerdo a sus gustos y predilecciones- leerá o no ese tipo de literatura, pero difícilmente juzgará la moral del creador.
¿Cuál es la postura que se debería tomar ante obras de Arte que, sin dejar de priorizar una preocupación estética, han evidenciado una patología, una perversión o una apología delictiva de su creador?
¿Debería leerse a Edgar Alan Poe sin pensar que esas situaciones límites expresadas en sus cuentos son la muestra del dolor de su alcoholismo? ¿Debería degustarse una novela como “Entre mujeres solas”, aún reconociendo en ella indicios del futuro suicidio de Cesare Pavese?
La literatura como catarsis sigue siendo un tema ríspido; el papel del lector, en tales casos, lo es aún más.
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