sábado 29 de marzo de 2008

La traducción en Borges

Por Marcelo Galliano

“Traduttore traditore”, eso repetían, a modo de sentencia dogmática, aquellos lejanos curas que me enseñaron la improbable teología. Para ellos, quede claro, las verdades del Dios inabarcable debían ser descifradas en el idioma original en el que habían sido inspiradas.
Richards no dudó en afirmar que la traducción era el suceso más complejo producido en la evolución del cosmos. Coincido con tan extrema aseveración: es complejo y dramático, como toda lectura, como todo acto crítico, como toda mirada parcial del hombre hacia ese cosmos al que alude. Porque en definitiva eso es la traducción: una mirada parcial, una lectura, una profunda crítica literaria que no por meditada deja de ser subjetiva.
De la prosa de Borges, de esa extraña justeza de elementos que convierten a sus textos en obras escupidas a extracciones de cincel, se ha hablado en abundancia.
Algo de esa “importancia celular” de sus escritos –característica ésta que Groussac observó en la escritura de Ricardo Rojas- podemos vislumbrarla, por ejemplo, en Alfonso Reyes. Pero en Borges la preocupación por la musicalidad de las palabras ha sido más evidente. Es lógico: al igual que Freud, amaba la música sin entenderla, sin considerarla arte, creyéndola una consecuencia metafísica, una rara forma de tiempo, un ente existente pero no dependiente del mundo tridimensional. Por eso, su forma terrenal de hacer música, de llegar a la diafanidad de Mozart y a la elucubración intelectual de Brahms, fue la palabra. ¿Puede ese logro melódico ser traducido con efectividad?
Recién en 1948 llega al mundo sajón la primera traducción de un cuento de Borges, me refiero al trabajo que Anthony Boucher realiza sobre “El jardín de los senderos que se bifurcan”. El propio Boucher traduciría, un año después, “La muerte y la brújula”. Hacia 1950, en una versión de Dudley Fitts, llegaría al inglés El Zahir. Ante esto último no puedo dejar de cometer una digresión, quizá una blasfemia, negando que sea Borges el más universal de los escritores argentinos. Es, en cambio, a mi criterio, el más argentino de los escritores universales ¿Quién que no haya conocido la prostibular desolación de la plaza Garay, que ese relato alude, puede imaginarse la tristeza de un hombre sentado en un banco, a la madrugada, intentando librarse de una obsesión?
El corpulento error que el diario El país de España ha cometido recientemente (ofreciendo una intolerable retraducción al castellano del “Poema de los dones”, basada en una versión inglesa -error que reconocieron e intentaron subsanar en un número posterior-) reflota una antigua inquisición: ¿Es traducible la poesía métrica y rimada?
Hace más de tres décadas Willis Barnstone emprendió la traducción de “La rosa profunda”. Según sus palabras, en un principio, Borges escuchaba las versiones con regocijo, como descubriendo poemas nuevos, recién nacidos. Con el correr de las semanas, y con mucha sutileza, el propio Borges se encargó de comentarle al editor su deseo de que el traductor encontrara rimas más exactas. Barnstone entendería esa sugestión de Borges cuando, tiempo después, tradujera Bestiario de Teobaldo del latín medieval: la búsqueda de la palabra exacta lleva al traductor a una exploración más profunda.
Me pregunto si, acaso, el ritmo y la música en la poesía, exceden la cuestión estética para formar parte del sentido del texto (o sea: no sólo vale lo dicho y lo no dicho, sino también la forma en que se dice o en que deja de decirse).
Quizá la poesía sea algo más que palabras: talvez sea una voz.
¿Puede algo de esa voz original transliterarse a un idioma ajeno?
Imperecederas, cinco siglos después, las palabras de Cervantes nos acometen:
«... y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.»
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viernes 28 de marzo de 2008

El idioma de Dios

Por Marcelo Galliano

Hace un tiempo, tuve la oportunidad de tutearme con el dolor.
Mi padre debió someterse a una revascularización. El asunto, de normal manejo para la
cardiocirugía actual, requirió más de una internación, debido a algunas complicaciones luego superadas. En uno de esos períodos de cuidado intensivo, le tocó compartir un sector de unidad coronaria con una mujer situada en una cama contigua. Durante una de mis visitas comencé a observar a esta enferma. Era muy anciana. Su rostro -que divisé detrás del respirador- denotaba el paso del tiempo con una crueldad impiadosa, su cuerpo parecía débil y pequeño, como una hoja de papel arrojada al vacío sin contemplaciones.
No pude dejar de imaginarme en ella un pasado distinto, con mirada de vivacidad adolescente, una frase de ilusión y urgencia escapándose de sus labios, un manojo de pretensiones absurdas y… una vida por delante; todo tan lejano y ajeno a este presente de fragilidades inaplicables.

Al llegar a la sala un grupo de residentes, advertí que la viejecita era ciega, y que se comunicaban con ella gritándole, desmedidamente, a causa de una sordera avanzada.
Minutos después la hija llegó a verla y conversó con una de las cardiólogas del lugar.
La charla era desnuda, despojada de eufemismos en cuanto a la salud de la paciente. Además de las notorias dificultades que describí, la viejita era diabética –insulinodependiente-, víctima de un cáncer en etapa avanzada, y con un corazón que trabajaba al treinta por ciento de su capacidad.

Me sentí muy confundido, cada vez que reunía fuerzas miraba, con aparente displicencia, el monitor de datos que indicaba las pulsaciones y la saturación de oxígeno.
Albergaba en mí cierta lástima, pero también, es justo decirlo, con cada segundo de subsistencia de la mujer, enhebraba un nuevo tratado de teología, cada uno más humano que el otro, a sabiendas de que ese Dios desperezaba mi alma a bravuconadas contra los guardapolvos blancos y sus pronósticos hipocráticos.
No podía evitar dibujarme una humanizada imagen. Allá arriba, en algún lugar debía estar Él, sonriente, batiendo su dedo índice en señal de negación a quienes auguraban fecha para el final de una vida.
Me sentí inmensamente creyente y feliz, no por visualizar al Creador como un gobernante caprichoso, sino por intuir que cada noche -solícito para con su criatura- conversaba cómplice a los oídos de la anciana, los cuales revivían para entender el preciado dialecto.

La voz que se escucha en el silencio

En un libro llamando Historia General del Imperio Mogol, escrito por los jesuitas en 1708, se cuenta la esclarecedora experiencia realizada, a principios del siglo XVI, por el emperador
Akbar Khan. Este hombre mandó a aislar de la sociedad a niños recién nacidos, disponiendo su crianza a manos de personas sordomudas, prohibiendo expresamente que tuvieran contacto con el mundo exterior.
Años después, asegurado el crecimiento de los niños, los mandó a traer, no sin antes haberse rodeado de diversas personas versadas en diferentes idiomas, con el fin de descifrar la lengua que, supuestamente, los chicos hablarían.
Para su asombro, los niños eran mudos.

No es mi intención alegar, con este relato, un motivo de desdeñe a la palabra en sí misma, ni a su misión de elemento y fin último del proceso neurolengüístico de nuestras ideas.
Sin llegar a asegurar que el silencio es el lenguaje de Dios, sospecho que las múltiples formas de aquietamiento mental -tales como los diferentes tipos de meditaciones- que ha adoptado Occidente en los últimos años, no sólo con fin contemplativo sino también con objetivos terapéuticos, conducen a la sociedad toda a la consideración de los argumentos divinos -que párrafos antes describí como postergados ante premisas humanas- Tal vez sea una de las causas de la acción de una humanidad presente, que, en su mayoría, se autopropugna a sí misma para abrazar la verdad.

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lunes 24 de marzo de 2008

Hiuzinga y el gorrión

(Jugar y jugar)

Por Marcelo Galliano

Nunca me ha dejado de sorprender -y por eso no pierdo ocasión de citarla- aquella frase de Pablo Picasso que aseguraba, con naturalidad y desparpajo dignos de su hechura, que cada instante de la realidad era un milagro, empezando por el hecho de que no nos derritiéramos en la ducha.
De todas formas, mi admiración por esa aseveración tan categórica no me ha impedido preservar algunos recuerdos con especial afán de atesoramiento, quizá pensando que la posibilidad de extraviarlos pueda constituir una perdida proporcionalmente tan grande y valiosa como la experiencia de conservarlos. Lo extraño es que, muchas veces, esas remembranzas persisten al paso de los años sin que uno deshebre las verdaderas causas de su persistencia en la memoria, sin que logre sopesar el verdadero quilate de su enseñanza ni descubrir la belleza subyacente en sus formas.


Era otoño, estación que siempre me ha parecido de una magia ocultista extrema. Reconozco el imán literario que constituye la primavera, época en que todo el universo luce en celo, en la cual un dios henchido de su propio apasionamiento pareciera desbordarse en sus propias criaturas, potenciándoles los aromas, avivándoles los colores, remarcándoles los contornos, irguiéndolas hacia la luz y provocándoles un inalienable deseo de procreación y dicha.
Pero el otoño… el otoño tiene para mí la lindura de lo inevitable, del descanso impostergable de ese mismo dios -como ya adjetivé, por momentos henchido de apasionamiento primaveral- despojándose de artificios.
Creo que esos días, con ramas sin frutos e intermitentes lloviznas que acarician las caídas hojas de color café, merecen el mismo respeto contemplativo y la misma descripción poética que los meses de florecimiento.
Una de esas tardes otoñales -de una época en que yo no pasaba los seis años de edad- , puso ante mis ojos el revolotear de un gorrión. (Había surgido de la nada, surcando un cielo de contrastes tonales, en donde convivían los matices más diversos, como el azul delicado del firmamento y la gama de unos nubarrones de cuerpos blancos y espumosos que se ennegrecían en la puntas -casi empetrolándose- con las cuales vaticinaban una tormenta no lejana).

Una y otra vez se posó en mi balcón en el transcurso de varios minutos. No buscaba nada. Podría haber hurgado los macetones a la caza de algún grano de alpiste derramado por la mano del viento, o reposado en las baldosas a la espera de la lluvia venidera.
Era inútil traducir lo que quería. Mejor dicho: era imposible. Se alzaba como un ser repleto de sí mismo que se regodeaba de su propia identidad. Se estaba distrayendo en mis narices, pero no con el afán recreativo que yo –un chico en edad escolar- reconocía en el juego -esa actividad que mediaba entre tarea y tarea-; o del que yo -un adulto hoy en día- no puedo despegar -ese espacio controlado entre obligación y obligación-.
Sin quererlo -o quizá por vaya a saber qué designio- aquel pajaro que flotaba cerca de mí, aquel otoño, me había dado una de las mejores lecciones de mi vida.
No comencé a entenderla hasta que llegó a mis manos “Homo Ludens” de Johan Huizinga, ese libro en el cual, este brillante historiador holandés, expone su teoría de búsqueda y superación lúdica, planteando la necesidad del juego como la columna vertebral del desarrollo de la humanidad., aún tanto o más que la reflexión –Homo Sapiens- y el trabajo -Homo Faber-
Pero había algo en la actitud del gorrión que remarcaba un discurso aún más arriesgado que el de Huizinga. Para mi alado personaje -hoy ya perdido en el tiempo- jugar no era un trabajo de evolución personal, ni una evasión psicologista, ni siquiera era algo importante. Era simplemente ser. Su vuelo estaba muñido de esa fe que incomoda hasta a los mismos creyentes; ese convencimiento de la perfección de la existencia que sobrepasa la recitación de rosarios y de mantras, y que erosiona cualquier concepto escolástico de la Deidad.

Debe vez en cuando -casi siempre cuando se avecina un aguacero- me asomo a alguna de mis ventanas y me imagino, revoloteando por algún lugar, a aquel ser plumado que, sin haber leído a Huizinga, me enseñó a jugar; ese ser completo que, sin haber hojeado a Tomás de Aquino ni a Krishnamurti, me contó algunas cosas sobre Dios.

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domingo 23 de marzo de 2008

La ceguera y yo

(Introducción y cuento breve)

Por Marcelo Galliano
El fantasma de la ceguera ronda en la cabeza de todos los que, como yo, sufren alguna enfermedad visual de cierta gravedad. La historia de la literatura ha abordado el tema de diversas formas. De adolescente –y por “prescripción escolar”- llegó a mis manos el Lazarillo de Tormes, texto renacentista que vindica la creencia sobre la capacidad de adivinación del futuro por parte de los ciegos. Supe después que tal genial superstición la había utilizado Sófocles dos mil años antes. (Desde luego nunca pude comprobar tal conjetura y, en cuanto a Sófocles y a las situaciones expuestas en sus logradas tragedias, me gusta recordar la frase de Stevensohn: “Lo único que sabemos es que Edipo no tenía ningún complejo”.)
Uno de los momentos más extraños de mi vida lo experimenté al pasar por la entrada de una escuela para adultos ciegos, muy cercana a mi casa. Salían varios de ellos y, la expresión de todos, en conjunto, era notoriamente diferente a la imagen del invidente solitario al cual uno, muchas veces, ayuda a cruzar una calle. Estaban sonrientes, seguros. En ese instante y en esa vereda: eran mayoría. Wells reflejó una situación semejante en su novela “El país de los ciegos”. En tal relato, un hombre vidente, que llega a un pueblo de ciegos, termina considerándose discapacitado ante los demás, llegando a meditar sobre la posibilidad de arrancarse los ojos (como Edipo…)
Sábato, Saramago, y tantos otros, plantearon es sus escritos el misterio de la oscuridad. La literatura de Borges, en cambio, desarrolla la ceguera como una presencia constaste, como una forma del inevitable olvido, de la imperfecta memoria humana. El propio Jorge Luis Borges se encargó de declarar que no vivía su ceguera como un impedimento dramático. Paradójicamente, jamás aprendió braile. Esto podría tomarse como una negación de su problema; me gusta, en cambio, pensar que fue su forma de expresar que lo perdido era imposible de recuperar por otros medios.
Hace menos de un año gané un segundo puesto en el certamen Victoria Ocampo, con mi cuento “Recuerdo elegido”. Este relato sobre la ceguera, que les ofrezco a continuación, constituye una metáfora de la soledad, del hombre ante el universo inabarcable, del bien y el mal como una cuestión de voluntad.

Recuerdo elegido (cuento breve)


Esa mañana en que me informaron que mi ceguera sería inevitable en un futuro casi inmediato, no atiné a pensar en cómo se desarrollaría mi vida en la oscuridad. Recuerdo haber recibido la noticia aún sentado en la camilla, todavía encandilado por el efecto de un colirio para la dilatación de las pupilas, con el pañuelo rozándome las pestañas, secándome los párpados ardidos por el reciente examen ocular.
Creo –estoy seguro- que recién al salir del lugar tomé conciencia de la irreversibilidad de la noticia. Comencé a sentir nostalgia del presente, sensación por demás ridícula, pero comprensible. Sabía que todo lo visto debía reafirmarse para no perderse definitivamente en el engaño de mi memoria; de no ser así –de no grabarse en mi cabeza con literalidad enfermiza- lo vivido sería vano, falso e incluso inexistente.
Me sumergí, entonces, a la tarea de observarlo todo. La misión fue torturante. No me bastaba mirar con detenimiento, con detalle, con obsesión; quería hacerlo con fuerza, con intensidad. No me convencía apreciar las imágenes con la pasividad de mis pupilas torpes, ajenas a la realidad como ventanas a la espera de que el entorno las invada; quería que mi retina olfateara, que empuñara las figuras poseyéndolas, masticándolas, salivándolas con lágrimas como una dentadura dispuesta a fagocitarlas. Debía atesorarlas, guárdalas para cuando no estuvieran, para el momento en que el rededor fuera un mar oscuro sin estrellas ni olas.
Corrí, corrí con desesperación, ante cada idea que mi mente me acercaba para que fuese incluida en mi inventario. No me avergüenzo al reconocer que llegué a situar entre mis cejas a las criaturas más insignificantes de la creación. Me extasié llevándome a la frente una manzana, una piedra, una rosa. Junto a está última no resistí al deseo de navegarla pétalo a pétalo, de reflejarme en cada perla húmeda del relente que la bañaba. Luego de cada uno de esos trances la imperiosidad me acechaba tirando de mis ropas, reclamándome huir hacia otras expresiones de vida que también merecían ser perpetuadas en mi cabeza.
Fue entonces cuando quise elevarme, o hacerme alto y palpar la nube, la bóveda celeste y cada dibujo de todo pájaro que la trazaba con el crayón invisible de la estela de su aletear. Mis córneas se asieron a esos dibujos imaginarios de las aves en el aire. Una alfa, una ese, una circunferencia. Todo símbolo conocido ayudaba a la codificación de esos vuelos que ya nunca más vería.
Recuerdo mi desasosiego luego de tres o cuatro impulsos de ese tipo. Reconocí, con tristeza, que el universo me rebozaba, que no sería capaz de inmortalizar ni una milésima parte de lo existente, que millones de nimiedades se extraviarían.
Podía arrojarme a mi cama a bosquejar fisonomías amadas, algo así como un ejercicio de elección, previo a ese porvenir en el cual sólo pocas cosas sobrevivirían al olvido. No lo hice. Atiné a ser práctico en la tragedia.
Hurgué entre mis odios. Caminé decididamente hasta buscar al indicado. Al tenerlo frente a mí, su sonrisa me recordó cuanto lo detestaba. Saqué el arma, lo apunté, y con felicidad extrema perforé su pecho.
Aliviado por la imagen elegida, me arrodillé ante el cadáver, aproximé mis ojos a su boca, y me llevé su rostro yerto a la oscuridad.


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sábado 22 de marzo de 2008

La irracionalidad de contar

(Una respuesta al escritor Gonzalo Garcés)

Por Marcelo Galliano


La novela, como símbolo representativo y abarcador de la narrativa de largo aliento, ha permitido una transformación estructural a través de los siglos. Esa amplitud de concepto ha ramificado las originales características, ensanchando su definición prístina.
Novela es El Quijote, donde las desventuras de su protagonista forman un hilo conductor cronológico de situaciones; novela es Pedro Páramo, donde las referencias de tiempo y espacio estiran sus límites hasta niveles improbables en un plano tridimensional; lo es Rayuela, donde una configuración aleatoria plantea la búsqueda de un lector dinámico; e, inclusive, Mrs. Caldwell habla con su hijo, donde la trama subyace en la sucesión de cartas póstumas del personaje. Podría seguir enumerando casos, podría arriesgarme a decir que hay tantas formas de novelas como títulos editados.
El cuento, con su limitada extensión, no ha consentido semejantes libertades; a pesar de su evolución (la palabra es más científica que artística) sigue siendo lo que una vez definí como carrera anaeróbica, o un buen final con unas líneas acordes que lo preludian. Por eso, cada aportación sucedida en el relato, ha sido tomada como un elemento difícilmente prescindible en el futuro; por eso, también, cada escritor que la ha esgrimido (Poe, Kafka, Borges, Cortázar, Rulfo, entre otros) ha sido considerado un quiebre medular en la historia del relato breve.
Existe una maravillosa ambigüedad en el cuento como forma. Casi todos los escritores estaríamos dispuestos a arriesgar unos postulados inamovibles que pudieran definir al cuento como género. Los mismos escritores caeríamos en las redes de nuestros propios sofismas, hasta descubrir que, ésa, tal vez la forma estilísticamente más limitada de la prosa creativa, carece de una estructura fija y, por lo tanto, determinable y definible. Todo género literario es un subgénero de la poesía, afirmaba Aristóteles, sentencia abonada por Marechal. Me tienta la idea de pensar que todo acto de narración breve, sea coloquial o escrito, circunstancial o premeditado, es un cuento. Me seduce, también, la posibilidad de conjeturar que tal grado de accesibilidad le ha conferido –como al aforismo, o a la poesía- el desprestigio editorial que sufre. Para ser claro: es muy fácil escribir un mal cuento.
Sorprende, sí, cuando el descrédito, a un género que tantos ineludibles creadores han cultivado, proviene de un escritor de inocultable presente como Gonzalo Garcés.
Garcés confunde “género chico” con “género menor”. Respalda su pobre opinión sobre el cuento asegurando que la asequible disección, en talleres literarios o en clases de literatura, de las obras breves de Cortázar o de Bioy, fundamenta su postura. Se olvida, acaso adrede, de remarcar la imposibilidad de analizar novelas u obras de teatro en semejantes circunstancias docentes, limitadas por el tiempo de clase. Omite, quizá porque no lo sabe, que el valor de una obra de Arte es ajeno a su extensión. Franz Schubert, por citar un ejemplo no literario, fue un miniaturista maravilloso, y un camarista comparable con Beethoven. Su música escénica, en cambio, es menos destacable. Nadie con mínimo conocimiento musical, lo quitaría, por eso, de su sitial en la historia de la música.
Garcés incurre en otro error: decir que la tradición literaria argentina no es cuentística sino ensayística. Primeramente, valdría preguntarse si toda escritura académicamente depurada puede considerarse literatura: de no ser así, de necesitar el componente creativo que la eleve a la categoría de Arte, la crítica sería un hecho intelectual pero no artístico. Creo vislumbrar, en tales palabras de Garcés, una tácita alusión a Jorge Luis Borges. Pero es justamente el caso de Borges el que fundamenta mi postura. Quien ve a Borges como un ensayista o un filósofo, se equivoca. Borges fue un extraordinario sofista, un hombre para el que su interpretación de las circunstancias fue más importante que los hechos mismos. Por eso, como indica en su conferencia en la Universidad de Maine en 1982, utiliza la misma técnica para escribir un ensayo que un cuento, quizá porque la verdad para él era tan indescifrable como el universo, y la realidad tan inescrutable como la ficción.
Escribir un cuento es un acto de irracionalidad creativa. Por extrañas razones, quizá metafísicas, el verbo contar es sinónimo de narrar, pero también de sumar. Paradójicamente, los mejores cuentos parecen ser frutos de sustracciones, de pacientes cinceladas en pos de delinear la figura perfecta, sin sobrantes. En esta aparente contradicción deberá meditar Garcés, de querer algún día adentrarse en un género tan apasionante.


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jueves 20 de marzo de 2008

La palabra como espejo

(Reflexiones, acaso vanas, sobre el Día Internacional de la Poesía)

Por Marcelo Galliano


Norman Mailer aseguraba que la evolución de un pueblo se refleja en su manera de hablar. A mí me gusta ir más allá, afirmar que somos lo que hablamos, que nuestra realidad interna es directamente proporcional
-sino similar- al tipo de adjetivación que usamos para con el mundo.
Hablar es un complejo acto de voluntad; no existe ningún órgano del cuerpo humano que esté destinado exclusivamente al habla.
Elegir lo que se va a decir implica, también, determinar lo que no va a decirse. Nuestras palabras, entonces, conllevan un valor tácito: el de nuestros silencios. Si nuestros sistemas de comunicación son inexactos –y de hecho lo son-, cada hombre constituye la viva esencia de sus mentiras.
La poesía es la forma más alta de la palabra, la verdad más prístina, la falacia más irreversible; es la verbalización unificada de todos los planos de existencia del hombre, es un lenguaje cuántico, una plegaria que contiene, en sí misma, emisor y receptor. No en vano es la forma menos apreciada por la sociedad actual. Las últimas generaciones –los que perteneciendo a esas últimas generaciones han tenido la suerte de recibir educación organizada- no han receptado ni el mínimo vestigio de formación poética. El resultado está a la vista; los mayores de treinta cinco años podemos corroborarlo dando clases o tratando a familiares diez años menores: incoherencia sintáctica casi al borde de la disfasia, compulsiva repetición de palabras, y abreviación caprichosa de lo que se escribe -síntoma que en otra época se hubiera juzgado como semianalfabetismo-.
Paradójicamente, la tecnología los lleva a estar casi continuamente comunicados –tanto de manera oral como escrita-. Una vez más la exageración es sólo síntoma de falencia: cuanto más hablan menos dicen.
Nuestra sociedad ya está empezando a sufrir el costo de tal involución. El propio Mailer decía que hay una ley de vida, cruel y exacta, que afirma que uno debe crecer o, en caso contrario, pagar más por seguir siendo el mismo.
La poesía es hoy, entonces, más que nunca, un inalcanzable cielo prometido; costoso, sí, demasiado costoso.

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martes 18 de marzo de 2008

El tiempo pasa...

Revisando viejos textos y reportajes, di con esta foto.
Entonces tenía... algo así como 22 años.

lunes 17 de marzo de 2008

Esa fe que incomoda

Por Marcelo Galliano


Ningún sentimiento –ningún estado material o emocional- causa tanta envidia e incomodidad como el amor. El amor ajeno nos hace sentir vacíos, ridículos, irremediablemente irónicos, dolorosamente racionales.
En una acepción puramente metafísica, amar y temer son antónimos; el amor, entonces, en su más alto grado de entrega, es una expresión de fe.
La reciente llegada a la Argentina del pastor Luis Palau, y el consiguiente enojo de muchos de nosotros que vimos entorpecido nuestro transito por la ciudad, me recordó un hecho del que fue protagonista en mi adolescencia.
Allá por 1988 cursaba yo el quinto año del colegio comercial. Por ese entonces, la Iglesia Católica había decidido pasear, por los colegios confesionales de Buenos Aires, una imagen de la Virgen de Luján; para más datos: una réplica exacta de la talla original. Para su llegada al Instituto San Cristóbal, donde yo estudiaba, se organizó un acto con la presencia de autoridades, una banda policial y un grupo alumnos de otro colegio que la habían trasladado hasta nuestro patio de ceremonias. Días después, sin que nosotros conociéramos los planes, debían ser elegidos cuatro o cinco alumnos de nuestro establecimiento para trasladar esa misma imagen a otro. Por promedio, por conducta, o por cara de idiota… yo fui uno de los elegidos.
Todavía recuerdo el tono del comentario previo de uno de mis compañeros: ¡che, nos tocó el Mater!
El Mater Ter Admirabilis era –creo que sigue siendo- un instituto católico alemán. Lo supuestamente bueno del asunto es que era un colegio mucho más costoso que el nuestro y exclusivamente de señoritas. En ese entonces, para nosotros, ir a ese lugar era una de las posibilidades de acceder a tantas muñecas refinadas. La otra era comprar Playboy…
Lo que no sabíamos es que el traslado iba ser público. Debíamos llevar la imagen por la calle, expuesta en un caballete de procesión, desde Jujuy y San Juan hasta Independencia y 24 de Noviembre. Era invierno y, creo, una de las mañanas más frías de siglo XX. Pero la enseñanza de todo esta especie de –para mí- papelón adolescente, se expondría en el trayecto, y no la vislumbraría, en su verdadera magnitud, hasta 20 años después. Paseamos la estatuilla entre personas que se persignaban, otras que se nos acercaban para tocar la imagen, y algunos fastidiosos que nos miraban con cara de ¿por acá tienen que pasar…? Era obvio, la fe- como el amor- jamás pasa desapercibida.
Dos décadas después me acordé de aquello. De vez en cuando, por el mismo barrio, veo grupos cristianos –casi siempre evangélicos- que caminan y timbrean. A veces me molestan; claro, propalan la salvación, la vida eterna, y su amor por un hombre que, de haber existido, hablaba en otro idioma y murió hace más de dos mil años. He aceptado sus folletos con amabilidad, resistiendo las ganas de refregarle mi torpe agnosticismo en el rostro.
En algo los envidio; ¿quién no quisiera tener esas agallas para ir de puerta en puerta pronunciando el nombre de la persona que quiere?
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domingo 16 de marzo de 2008

A quien tanto me odia

Por Marcelo Galliano

Puedes echarme ahora o hacerlo cuando gustes,
no le temo al destierro -inútil que me asustes-;
como armadura firme me calzo la poesía,
algún texto que he escrito
surcará el infinito
y cada luz que nazca será tan sólo mía;


y en una noche clara lo observarás de lejos,
cuando ya estés cansada de mirar los espejos,
querrás, acaso, entonces, atraparlo en tu mano,
advertirás que vuela,
que nada te consuela,
que tu intento de herirme por siempre ha sido vano.


Cerrarás las ventanas para obviar esa estrofa,
creerás al escucharla que un pájaro se mofa,
pero cada palabra se colará en tu reja,
resonará despacio,
tomará cada espacio
y tu boca marchita murmurará una queja.


Por sobre lo que digo puede gritar quien quiere,
una verdad perdura, no se daña, no muere;
si rasgas mis papeles con tus uñas dolosas
persistirá la magia
del ángel que presagia:
“pasada la tormenta florecerán las rosas”.


Y alguna tarde de éstas te enterarás que he muerto,
no festejes sin antes confirmar que sea cierto,
-hasta ver mi legado deshecho, roto, inerte-;
quién dice una mañana
rondando en tu ventana
el mejor de mis versos cantando te despierte.

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jueves 13 de marzo de 2008

El maravilloso dolor de estar vivo

(Por Marcelo Galliano)



“Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,

pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.”

Con esa maravillosa estrofa, Rubén Darío da comienzo a uno de sus poemas fundamentales, “Lo fatal”, escrito en 1905, sesenta años antes de que Gell y Coombs publicaran su clasificación de los cuatro grupos de la hipersensiblidad.
Darío no teme en desdeñar una de sus grandes cualidades: la permeabilidad ante la vida, ante lo ajeno, el alma vulnerable que lo hace creador, artista. Quizá esa misma virtud lo haga genial e infeliz a la vez. Acaso exista una extraña compensación, una directa proporcionalidad entre virtud y vacío, entre logro desmedido y falencia.
Pero la pregunta que se impone, más allá de analizar la inestable vida de algunos creadores, es si algo de lo que fatalmente asegura Darío en sus versos, es real; si una existencia krishnamurtiana -adjetivo que el propio Krishnamurti rechazaría-, basada en una “alerta percepción sin opción”, nos convierte en seres más felices.
Con frecuencia examinamos las biografías de personas que admiramos, e intentamos a toda costa separar sus obras de sus vidas. Esta separación es siempre piadosa, pero ficticia. (El alma humana es indescifrable, los motivos que la quiebran o la redimen, también) Edgar Alan Poe lo dijo con brutal sinceridad: “mis amigos creen que el alcohol me volvió loco, pero no saben que tomo para soportar mi locura.”
El mismo Poe escribió que la imposibilidad no tiene grados; llegar a Júpiter de un salto no es más imposible que llegar a la Luna. Pero… ¿hubiera sido posible un Rubén Darío con la rugosa piel de un árbol?

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lunes 10 de marzo de 2008

¿Males de mi generación?

Por Marcelo Galliano

Es difícil dejar pasar algunas reflexiones vertidas en la charla entre el artista plástico Carlos Alonso y el escritor Andrés Rivera, que Ñ publicó como nota de tapa en su edición del 8 de marzo último.
Rivera, esta vez sin tantas adjetivaciones injuriosas, carga contra la supuesta baja formación intelectual de las generaciones posteriores a la que él integra. En otra ocasión la estocada fue más directa: trató de ignorantes a los escritores de mi edad (los nacidos en la década de 1970).
Es de público conocimiento –mis opiniones han sido y son vertidas en diferentes medios- que comparto con él ciertos conceptos críticos hacia el arte de mis contemporáneos. Rivera (preocupado, en esa charla, porque los jóvenes quizá ya no sepan quien fue Toulouse Lautrec) remarca tácitamente el problema del desconocimiento de la tradición creativa, cuestión, creo yo, más alarmante e infructuosa que la ruptura (ésta última conlleva el silencioso reconocimiento de aquello que pretende quebrarse).
La ciencia -digo yo- es saber acumulativo. (Lo que un científico no descubre otro se encargará de darlo a la luz). El Arte no. Si Velásquez no hubiera pintado Las Meninas, si Bach no hubiese compuesto La Pasión según San Mateo, esas obras no serían parte de este mundo. Pero, al exponer esta maravillosa y delicada verdad que constituye, nada más y nada menos, la confirmación del hombre como libre creador, muchas veces omitimos una realidad mucho menos metafísica: si bien el resultado estético puede no ser obra de la sumatoria de conocimientos adquiridos, la técnica de elaboración, que permite tales resultados, sí que lo es.
Este pecado de omisión se evidencia de manera mucho más dramática en un arte como la literatura: la palabra es el fruto de siglos de códigos, de convenciones mantenidas o modificadas a consenso. (La gramática y la semántica son –que se me perdone la ironía- sistemas ordenados de supersticiones, imprescindibles para la conservación del lenguaje.)
Pero Andrés Rivera comete un error: generalizar. Sin citarlo, hace suyo el apotegma borgiano: “Todo hombre pertenece a su tiempo”. La sentencia es real. Cada generación cuenta con situaciones unánimes. La mía -y las posteriores- vive en un mundo de velocidad irreflexiva.
Lo que no es unánime, lo que jamás ha sido unánime, es el talento. Andres Rivera omite hablar de las excepciones. ¿Sería justo, de mi parte, juzgar a toda su generación por la incomprensión que muchos demostraron hacia la obra de Onetti, o a la de Felisberto Hernández, o hacia el mismísimo Cortázar de Bestiario?
Con cierta rara nostalgia del presente, Rivera llega a preguntar: ¿Quién se acordará de Carlos Alonso en unos años?
Seguramente yo, maestro.
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martes 4 de marzo de 2008

Mala memoria

(Por Marcelo Galliano)

He sido siempre un testigo incómodo, el que recuerda el dato perturbador, la incesante promesa incumplida, la frase que el emisor intenta desdecir, u ocultar.
Me he divertido, es cierto, con mi capacidad de memorización, con la cita a mano, la referencia hirviendo entre los incisivos, presta para escapar de la boca; también es cierto que, muchas veces, el memorizador natural sufre, que se convierte en presa de sus recuerdos, que puede acostumbrarse a un universo de espejos deformantes. La razón es clara: los hechos son exactos, la memoria no. (Por eso la historia es una forma de ficción, y la teología una rama de la literatura fantástica.)
Quien ha tenido la oportunidad de tratar a una persona con memoria hiperdesarrollada o eidética, habrá observado lo notorios que son sus pocos olvidos. El olvido siempre es más interesante que el recuerdo, quizá memorizar sea tan sólo una selectiva forma de olvidar.
Ortega y Gasset decía que el río abre el cauce y que, luego, ese cauce lo maneja infinitamente. La memoria, agrego yo, nos domina de manera más sutil. La comprobación es fácil: basta intentar rehacer mentalmente el rostro de una persona ausente, y luego comparar la imagen pensada con una fotografía. La demostración puede ser alarmante, puede, también, hacernos ver que la memoria es pariente sanguínea de la imaginación. De ser así: ¿imaginamos nuestros recuerdos?; ¿la verdad absoluta es una utopía?, ¿el amor, el odio y todo sentimiento es una cuestión de discriminación de remembranzas?
Más aún: ¿la felicidad es la capacidad de olvidar a tiempo?
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lunes 3 de marzo de 2008

Esa costumbre de envejecer

Por Marcelo Galliano

"El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad”.
Siempre, al leer esa frase que acabo de citar, he experimentado la tentación de trocar honrado por monstruoso. La máxima, en ese caso, dejaría de ser garciamarquiana para convertirse en arltiana.
Siendo adolescente llegó a mis manos “La tristeza” de Antón Chejov. Recuerdo la impresión que me causó el protagonista de ese relato: un viejo cochero ruso, de incesante pena, que busca durante todo el texto un oído que atienda su queja, su dolor por la pérdida reciente del gran amor de su vida. (La misma sensación me ha sido transmitida en algunas páginas de Dostoievsky. He arriesgado, en ocasiones, la poética y absurda tesis de que los rusos pueden describir la desolación de manera no analítica, ya que el paisaje ayuda a tal tipo de narración. Acaso la nieve, lenta y silenciosa, promueve esa prosa de crudo desamparo.)
El verbo pactar es sinónimo psicológico de perder. Se pacta ofreciendo algo para obtener menos de lo que se soñó, o para perder algo que ya se ha obtenido.
Crecer es una acción de sumatoria: se gana la posibilidad de ese mundo que se ofrece ante nuestros ojos (por eso una infancia con pérdidas es tan incomprensible).
Envejecer es una acción de sustracción: sólo se tienen las cosas que van a “dejarse” al mundo; el resto se muere o se independiza por ley natural.
A la larga, ese supuesto pacto del que hablé, es ficticio; la desnudez es la característica común de la llegada y de la partida.
Aquella pregunta de Silvina Ocampo conserva hoy la inquietante vigencia de lo metafísico: “¿Por qué pensamos en la soledad de la muerte y no en la soledad del nacimiento, que es igualmente larga y futura?”


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