“Traduttore traditore”, eso repetían, a modo de sentencia dogmática, aquellos lejanos curas que me enseñaron la improbable teología. Para ellos, quede claro, las verdades del Dios inabarcable debían ser descifradas en el idioma original en el que habían sido inspiradas.
Richards no dudó en afirmar que la traducción era el suceso más complejo producido en la evolución del cosmos. Coincido con tan extrema aseveración: es complejo y dramático, como toda lectura, como todo acto crítico, como toda mirada parcial del hombre hacia ese cosmos al que alude. Porque en definitiva eso es la traducción: una mirada parcial, una lectura, una profunda crítica literaria que no por meditada deja de ser subjetiva.
De la prosa de Borges, de esa extraña justeza de elementos que convierten a sus textos en obras escupidas a extracciones de cincel, se ha hablado en abundancia.
Algo de esa “importancia celular” de sus escritos –característica ésta que Groussac observó en la escritura de Ricardo Rojas- podemos vislumbrarla, por ejemplo, en Alfonso Reyes. Pero en Borges la preocupación por la musicalidad de las palabras ha sido más evidente. Es lógico: al igual que Freud, amaba la música sin entenderla, sin considerarla arte, creyéndola una consecuencia metafísica, una rara forma de tiempo, un ente existente pero no dependiente del mundo tridimensional. Por eso, su forma terrenal de hacer música, de llegar a la diafanidad de Mozart y a la elucubración intelectual de Brahms, fue la palabra. ¿Puede ese logro melódico ser traducido con efectividad?
Recién en 1948 llega al mundo sajón la primera traducción de un cuento de Borges, me refiero al trabajo que Anthony Boucher realiza sobre “El jardín de los senderos que se bifurcan”. El propio Boucher traduciría, un año después, “La muerte y la brújula”. Hacia 1950, en una versión de Dudley Fitts, llegaría al inglés El Zahir. Ante esto último no puedo dejar de cometer una digresión, quizá una blasfemia, negando que sea Borges el más universal de los escritores argentinos. Es, en cambio, a mi criterio, el más argentino de los escritores universales ¿Quién que no haya conocido la prostibular desolación de la plaza Garay, que ese relato alude, puede imaginarse la tristeza de un hombre sentado en un banco, a la madrugada, intentando librarse de una obsesión?
El corpulento error que el diario El país de España ha cometido recientemente (ofreciendo una intolerable retraducción al castellano del “Poema de los dones”, basada en una versión inglesa -error que reconocieron e intentaron subsanar en un número posterior-) reflota una antigua inquisición: ¿Es traducible la poesía métrica y rimada?
Hace más de tres décadas Willis Barnstone emprendió la traducción de “La rosa profunda”. Según sus palabras, en un principio, Borges escuchaba las versiones con regocijo, como descubriendo poemas nuevos, recién nacidos. Con el correr de las semanas, y con mucha sutileza, el propio Borges se encargó de comentarle al editor su deseo de que el traductor encontrara rimas más exactas. Barnstone entendería esa sugestión de Borges cuando, tiempo después, tradujera Bestiario de Teobaldo del latín medieval: la búsqueda de la palabra exacta lleva al traductor a una exploración más profunda.
Me pregunto si, acaso, el ritmo y la música en la poesía, exceden la cuestión estética para formar parte del sentido del texto (o sea: no sólo vale lo dicho y lo no dicho, sino también la forma en que se dice o en que deja de decirse).
Quizá la poesía sea algo más que palabras: talvez sea una voz.
¿Puede algo de esa voz original transliterarse a un idioma ajeno?
Imperecederas, cinco siglos después, las palabras de Cervantes nos acometen:
«... y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.»
Richards no dudó en afirmar que la traducción era el suceso más complejo producido en la evolución del cosmos. Coincido con tan extrema aseveración: es complejo y dramático, como toda lectura, como todo acto crítico, como toda mirada parcial del hombre hacia ese cosmos al que alude. Porque en definitiva eso es la traducción: una mirada parcial, una lectura, una profunda crítica literaria que no por meditada deja de ser subjetiva.
De la prosa de Borges, de esa extraña justeza de elementos que convierten a sus textos en obras escupidas a extracciones de cincel, se ha hablado en abundancia.
Algo de esa “importancia celular” de sus escritos –característica ésta que Groussac observó en la escritura de Ricardo Rojas- podemos vislumbrarla, por ejemplo, en Alfonso Reyes. Pero en Borges la preocupación por la musicalidad de las palabras ha sido más evidente. Es lógico: al igual que Freud, amaba la música sin entenderla, sin considerarla arte, creyéndola una consecuencia metafísica, una rara forma de tiempo, un ente existente pero no dependiente del mundo tridimensional. Por eso, su forma terrenal de hacer música, de llegar a la diafanidad de Mozart y a la elucubración intelectual de Brahms, fue la palabra. ¿Puede ese logro melódico ser traducido con efectividad?
Recién en 1948 llega al mundo sajón la primera traducción de un cuento de Borges, me refiero al trabajo que Anthony Boucher realiza sobre “El jardín de los senderos que se bifurcan”. El propio Boucher traduciría, un año después, “La muerte y la brújula”. Hacia 1950, en una versión de Dudley Fitts, llegaría al inglés El Zahir. Ante esto último no puedo dejar de cometer una digresión, quizá una blasfemia, negando que sea Borges el más universal de los escritores argentinos. Es, en cambio, a mi criterio, el más argentino de los escritores universales ¿Quién que no haya conocido la prostibular desolación de la plaza Garay, que ese relato alude, puede imaginarse la tristeza de un hombre sentado en un banco, a la madrugada, intentando librarse de una obsesión?
El corpulento error que el diario El país de España ha cometido recientemente (ofreciendo una intolerable retraducción al castellano del “Poema de los dones”, basada en una versión inglesa -error que reconocieron e intentaron subsanar en un número posterior-) reflota una antigua inquisición: ¿Es traducible la poesía métrica y rimada?
Hace más de tres décadas Willis Barnstone emprendió la traducción de “La rosa profunda”. Según sus palabras, en un principio, Borges escuchaba las versiones con regocijo, como descubriendo poemas nuevos, recién nacidos. Con el correr de las semanas, y con mucha sutileza, el propio Borges se encargó de comentarle al editor su deseo de que el traductor encontrara rimas más exactas. Barnstone entendería esa sugestión de Borges cuando, tiempo después, tradujera Bestiario de Teobaldo del latín medieval: la búsqueda de la palabra exacta lleva al traductor a una exploración más profunda.
Me pregunto si, acaso, el ritmo y la música en la poesía, exceden la cuestión estética para formar parte del sentido del texto (o sea: no sólo vale lo dicho y lo no dicho, sino también la forma en que se dice o en que deja de decirse).
Quizá la poesía sea algo más que palabras: talvez sea una voz.
¿Puede algo de esa voz original transliterarse a un idioma ajeno?
Imperecederas, cinco siglos después, las palabras de Cervantes nos acometen:
«... y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento.»
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