viernes 29 de febrero de 2008

La mirada de la muerte

(Un siglo con Pavese)
Por Marcelo Galliano

Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
Hace 100 cien años, la tierra de mis abuelos paternos, vio nacer a uno de los grandes hombres de la poesía italiana, quien pasaría a la posteridad por ese inolvidable verso que acabo de citar.
Cesare Pavese vio la luz en la campiña piamontesa, más exactamente en San Stefano Belbo. Quien dio al toscano, en esplendidas traducciones, célebres páginas de Joyce, Faulkner y Steinbeck, jamás olvidó la cadencia, la musicalidad de su dialecto natal (o, mejor dicho y para ser justos, su idioma natal, ya que el piamontés es una lengua independiente, de origen romance como el occitano o el catalán.)
La obra de Pavese es neorrealista, minada por la decepción y el desamor, inundada por el paisaje de la niñez, por el pueblo y las campanas descriptos con simpleza y profundad casi taoistas, que rozan a veces el panteonismo de Whitman (sobre quien, no casualmente, escribió una tesis doctoral para la Universidad de Turín.)
Depresivo irreversible, dudante político que huyó del fascismo al comunismo, fue más estudiado por su trágico final que por su obra. El gran Italo Calvino diría que, a pesar de eso, en él "existe una historia de la felicidad, de una difícil felicidad en el corazón de la tristeza, de una felicidad que nace con el mismo impulso de profundizarse en el dolor, hasta que la fisura es tan grande que el fatigoso equilibrio se despedaza."

Quizá, conjeturo yo, sólo un hombre de esas características puede escribir:
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Estrofa que, jugando al traduttore traditore, podría transliterar como:
Para todos tiene la muerte una mirada
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.


Esa muerte lo encontró (él fue al encuentro de esa muerte) en 1950, tras redactar su ensayo sobre Stevenson, quizá buscando, en las letras de ese casi deísta escosés, una respuesta, una imagen concreta de esos ojos que pensaba ver al morir.

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jueves 28 de febrero de 2008

Amaneció lloviendo en Buenos Aires

Por Marcelo Galliano


Soy uno más, quizá, de esos idiotas
que al observar la lluvia en la mañana
pega la boca helada en la ventana
y se entristece con mirar las gotas.

Acaso es que al poeta corresponde
ser, con belleza, de esos que preguntan…,
que más cuestiones prácticas se juntan
más quiero responder la que se esconde…

¿De dónde viene el lirio y la azucena,
dónde el color y aroma de las rosas,
cuál el origen mismo de las cosas,
por qué la muerte y la siguiente pena?

¿Quién me gesta este sueño a mano llena,
por qué un recuerdo vano a veces vuelve?
¿Quién dictará mis letras, quién resuelve:
aquí comienza el mar, aquí la arena?


¿Quién escribe por mí, más desde dónde,
y adónde irá la frase que no he escrito?
¿existirá un lugar en dónde el grito
subsista –algún refugio que responde-?


Perdón, por estas líneas sin sentido,
por esta reflexión de día lluvioso,
por este miedo absurdo y tan doloso
-este temer perderse en el olvido-

Que lagrimeando comenzó la aurora,
el cielo gris, con su Verdad, me mira
-esa Verdad que ignoro y que me admira-,
y en los cristales hoy el agua llora.
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miércoles 27 de febrero de 2008

¿Sobrestimación de la inteligencia?

Por Marcelo Galliano

Meses atrás, la comunidad científica sufrió uno de esos golpes que tanto le cuestan asimilar: el mundo reprobó las declaraciones de uno de los grandes genios del siglo XX, James Watson.
Watson, ganador de un Premio Nobel, genetista llamado, de manera más comercial que técnica, el padre del ADN, no dudó en juzgar a los humanos de raza negra como “menos inteligentes”.
Ninguna situación es más grave para el campo investigativo que cuando uno de sus desaciertos, de sus dudas, o de sus actos reprobables toman estado público: el científico, habitualmente, debate en la probeta, en los libros y en las revistas que sólo científicos leen, en los congresos a los que otros científicos acuden. No es político, ni artista, ni abogado para asirse a un sofisma que justifique sus palabras; no es un hombre religioso para echar culpas a la voluntad divina.
Un insulto es considerado una injuria acaso perdonable, pero cualquier alusión a nuestra falta de intelecto es considerada un acto de lesa humanidad. Ser adjetivado de bajo, alto, gordo, lento, implica quizá un enojo personal; ser considerado poco inteligente conlleva la reprobación mundial. El propio Watson ha redundado, en diferentes ocasiones, en declaraciones polémicas, pero que no alcanzaron tal negativa trascendencia, siendo conocidas tan sólo por quienes de una u otra forma nos noticiamos habitualmente de lo acontecido en el ámbito intelectual. (En 1997, por ejemplo, llegó a justificar el derecho a abortar de una mujer, de saberse de antemano si su futuro hijo sería homosexual.)
Numerosas preguntas surgen de tales declaraciones. ¿Debe ser la genialidad directamente proporcional al grado de humanidad de quien la posee? ¿Un genio debe ser respetado por sus aportes sin importar la clase de persona que es? ¿A un científico que salva millones de vidas, con sus descubrimientos, se le debería perdonar por ejemplo un robo, o un homicidio? ¿Tiene la genialidad fecha de vencimiento?
La civilización sobrestima la inteligencia; como si ante los ojos de un tonto desaparecieran una puesta de sol, un óleo, un sonoro poema; como si para la apreciación de tales expresiones de belleza se necesitara de un trabajo analítico, de un proceso neurolingüístico que las decodifique.
La inquisición más interesante al respecto sería: un genio y un tonto, ¿pueden amar de la misma forma?

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martes 26 de febrero de 2008

¿La enfermedad como convicción?

por Marcelo Galliano

Acaba de publicarse en Argentina el historial clínico del genial historiador y filosofo alemán Aby Warburg. El texto incluye también el epistolario con su psiquiatra. El volumen, según el editor Davide Stimilli (quien ya escribió un libro anterior sobre Warburg), intenta demostrar la influencia que una psiquis tan particular (Warburg sufrió, entre otras patologías, de delirios persecutorios) ejecerció en la psiquiatría de comienzos de siglo XX.
Más allá del frondoso debate que podría plantearse sobre la legitimidad de publicar cartas (quizá la forma más hermética y personal de comunicación) o de dar a luz documentos reservados con el fin de aportar datos a una ciencia como la médica (que postula el secreto como un precepto ético fundamental) me gustaría disertar brevemente sobre dos cuestiones que subyacen en este texto, y en su predecesor.
La idea de una estrecha relación entre genialidad y locura sobrevuela en las biografías de los grandes hombres del Arte y del Pensamiento. No creo en tal relación. La creación es sinónimo de lucidez. Si la mente alucinada de algunos seres requiere la creación como vía catártica, los resultados de tal vía serán geniales tan sólo si, para la gestación y la contemplación de tales hechos, la mente consigue un estado de razón, aunque sea breve. Tratar a Mozart o a Poe o a John Nash, como a personas sin sentido de la realidad, es ignorar el proceso racional que todo compositor, escritor o científico debe desarrollar para concretar una obra de envergadura.
El gran ítalo Svevo publicó, allá por 1923, su obra “La conciencia de Zeno”. Zeno Cosini, el protagonista de esta novela, es un héroe inútil, infiel, hipocondríaco, triste, que irritará al lector dedicando su vida a un sólo propósito: dejar de fumar. Será un psicoanalista quien le aconsejará escribir una autobiografía, rastrear de esa forma el porqué de su adicción a la nicotina.
De este personaje de Svevo, Stimilli toma una frase para su anterior libro: “la enfermedad es una convicción”. No conforme con esa aseveración, el propio Stimilli la completa con “también lo es, y con más razón, la cura”. (Cabe agregar que Stimilli no parece relacionar esto solamente con la hipocondría.)
La idea de que elegimos enfermarnos es atrapante, lo es más aún la idea de que podemos elegir curarnos. ¿Podríamos entonces optar por ser inmortales? Aunando este concepto con el anterior: ¿podemos elegir la locura para llegar a la genialidad? ¿Qué grado de locura necesitaríamos para escribir una sinfonía mozartiana, o un relato como El escarabajo de Oro, o para ganar el Nobel de economía?
La peligrosidad de estas inquisiciones está a la vista, también la tentación que produce contestarlas.

viernes 22 de febrero de 2008

Esa manía de mirar la Luna

(Más allá del eclipse)
Por Marcelo Galliano


“Único satélite natural de la tierra”. La fría información, la económica frase, nos llega como la primera acepción que el diccionario de la Real Academia Española adjudica a la palabra Luna. Como toda definición exacta: me decepciona.
Es difícil determinar la primera noticia poética que tenemos de la Luna. Por un capricho, más estético que cronológico, se me antoja recordar a Ludovico Ariosto, aquel poeta italiano del Renacimiento, y a su genial poema épico “Orlando enamorado”. El protagonista pierde la razón por una mujer (cuándo no). Será Astolfo quien se la restablezca, viajando a caballo a la Luna, descubriendo allí todo lo que se pierde en la tierra -las lágrimas, los deseos, las caricias, el sano juicio de los amantes como Orlando.
(Sólo un italiano puede enhebrar un delirio tan hermoso.)
La fascinación por esa esfera a veces blanca, a veces roja, que se clava en la boca del firmamento, continúa con el pasar de los siglos.
Hace horas, miles de personas se extasiaron viendo un eclipse, ocultando quizá, con falso interés científico, la verdadera seducción emocional que tal visión produce. Alguno, inclusive, esbozó hasta un dato astrológico, una que otra definición empírica que poco aporta al corazón del hombre. Otros, en cambio, con sinceridad humana, hablaron de la inmensidad, se sintieron, una vez más, irremisiblemente insignificantes ante ese sistema perfecto que gobierna las mareas, los días y las noches, y tal vez parte de nuestra vida. Dichas conclusiones, aunque verídicas, no dejan ser vanos intelectualismos.
Yo estoy seiscientos años atrasado, con Ludovico Ariosto, quizá por pura poética italiana. Sé que miramos la luna por otros motivos, sé que miles de poetas le han escrito por razones que exceden a nuestro entendimiento (lo sé y no me siento obligado a demostrarlo).
Eso sí, es riesgoso esperar un caballo más virtuoso que el que reclamaba Ricardo III en la batalla, aguardar uno que vuele tan lejos que me reencuentre con alguna deleitable tristeza, con la mirada de la mujer que amo, quizá también con mi infancia y demás cosas que he perdido irremediablemente.

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miércoles 20 de febrero de 2008

Las máscaras de la literatura

(La escritura como defensa)

Por Marcelo Galliano

Nietzsche decía que los animales ven al hombre como un ser que ha perdido el sano intelecto animal -un irracional que ríe, que llora, que es infeliz.
Me han preguntado, en diferentes ocasiones, cuáles son los mecanismos de la ficción literaria, el por qué de la escritura, de la mentira premeditada y dada a leer, y el grado de semejanza entre los personajes de mis cuentos y yo.
No creo en el arte como catarsis, sí lo es, lo será en un nivel inconciente. De la misma manera que una obra de arte no justifica una vida, una vida no justifica una obra de arte.
La creación artística en líneas generales es una búsqueda fútil, en la futilidad de los resultados de tal exploración se experimenta el hecho estético. Todo arte es simbólico, toda palabra lo es y, por lo tanto, constituye tan sólo un elemento de sumatoria. Decir “rosa”, y describirla, la simboliza, le suma al universo los vocablos que esa rosa provocó. Esos vocablos jamás la sustituyen ni la cambian, ni siquiera aportan a la comprensión. Serían no más que un bonito florero en donde la rosa sobrevive. (Para Baruch Espinoza la tendencia de cada ser es persistir en su ser.)
Por otro lado, paradójicamente, el artista llega a pensar lo contrario, si no fuera así, el camino antes aludido jamás se emprendería.
El creador, el escritor en este caso, es el primero en creer su mentira. Los personajes podrían considerarse seres oníricos no reales. La situación nos compromete cuando consideramos al sueño como una creación propia…
En el célebre cuento “Las ruinas circulares”, Borges relata la historia de un hombre que, mientras pretende soñar a alguien, descubre que está siendo soñado por otro.
De ser nosotros la sumatoria de nuestros sueños, los personajes creados serian fragmentos de nosotros mismos. ¿Para qué los damos a la luz, entonces? Quizá para conocerlos, o para combatirlos, o para que amen u odien por nosotros, o para creerlos ficción…
A fin de cuentas, y volviendo a parafrasear a Nietzsche, tenemos el Arte para no morir de la verdad.
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martes 19 de febrero de 2008

El dificil arte de juzgar a los contemporáneos

Por Marcelo Galliano


El juicio de un hecho o un personaje público conlleva una peligrosidad mayor que una opinión personal, que una mera opción de gusto. Criticar o elogiar a algo o a alguien de cierta notoriedad, es también adherir o rechazar a la idea que el inconciente colectivo sostiene sobre tal circunstancia o persona. Reconocer, por ejemplo, que se disfruta una obra de Stravinsky, ha sido, durante años, una tácita toma de distancia al dodecafonismo de Schömberg.
Juzgar lo inamovible, lo pasado, tiene la comodidad de una enésima relectura. Se puede ser beethoveniano, o borgeano; en ambos casos será cómodo serlo: Beethoven no comenzará mañana la escritura de su sexto concierto para piano y orquesta, Borges no volverá a corregir El Aleph
(y uno no deberá dudar ante el riesgo de comerse las opiniones anteriores).
Los muertos ya no pueden decepcionarnos, es más: ya no deben decepcionarlos. Por eso nos inquieta tanto la revelación de un dato biográfico que algún revisionista desempolva haciendo temblar a ese arquetipo al que nos hemos querido asemejar, o distanciar. Por eso nos altera la aparición de inéditos, de viudas, de hijos no reconocidos, de alumnos disidentes.
Juzgar lo contemporáneo es enfrentar el riesgo de situar lo movible, lo bueno que puede convertirse en malo, lo original en predecible, lo genial factible de transformarse en mediocre con un nuevo libro, sinfonía o discurso.
Por eso nos envalentona homenajear o execrar al ídolo enterrado, bien enterrado; no vaya a ser que se levante al tercer día a desdecir la opinión que tanto nos costó enhebrar.

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lunes 18 de febrero de 2008

Morir en la universidad

(Sobre la reciente matanza en Northern Illinois University)

por Marcelo Galliano



No es sólo un detalle histórico que fuera Shih Huang Ti quien mandó levantar la gran muralla para defender a su imperio del ataque de los mogoles. Ese mismo hombre, capaz de extender su pretensión de hermetismo a todo un reino, fue quien ordenó la incineración de los libros anteriores a su mandato. Tampoco es un dato trivial la noticia de la dramática relación con su madre, a quien desterró por libertina. La quema de volúmenes y la pretensión de cercar la existencia de toda una nación, como quien pretende encerrar un pedazo del vasto universo y someterlo a leyes propias, se relacionan con el odio al pasado y el temor al presente, al terror a que el futuro cuente con versiones diferentes a las propias.
Un mundo sin libros, y una realidad sin intervenciones externas, ya sean militares o culturales, es un mundo sin ayer, una narración a escribirse sin referentes anteriores. Shih Huang Ti quiso ser un primer hombre, un Adán; quiso, también, ser un hombre sin madre.
Dos mil trescientos años después, la pretensión de aniquilar el pasado sería una decisión aún más descabellada. El emperador debería arremeter contra bibliotecas, redacciones, estaciones de radio y televisión, museos y servidores de Internet. Con el tiempo la represión debería extenderse a los fabricantes de grabadores, de celulares, de papel y de aerosoles. La tarea sería imposible: en el mundo actual hasta el ser más pequeño está ocupado en dejar testimonio de su existencia; casi parece poco relevante lo que se opina, siendo la idea y el contenido relegados, en importancia, a la facilidad de acceso a un medio que los propale y que los eternice.
Las recurrentes matanzas de estudiantes, en universidades americanas, conmueven a la opinión pública. Me pregunto qué lleva a un hombre a asesinar estudiantes para luego, en muchas ocasiones, suicidarse. Quizá el estudiantado sea un símbolo de la futura voz cantante, de los libros aún por escribirse, de las opiniones que se dirán y, por las cuales, el mañana juzgará nuestro tiempo. Quizá esos asesinos se odian así mismos, a sus vidas, a sus presentes. Quizá quieran borrarse de la historia como pretendió Shih Huang Ti con su madre. Tal vez sean seres que no pudieron superar el miedo al futuro; ese futuro al que, en parte, todos tememos; más que nada por la certeza de que no estaremos allí, contando nuestra versión.
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jueves 14 de febrero de 2008

Día de San Valentín: Algo más que flores

Por Marcelo Galliano



Entre tantas imágenes duras que ha esbozado la literatura universal, con respecto al amor en todas sus formas, ninguna más dramática que las protagonizadas por Edipo hace 2500 años, y por Cristo cinco siglos después.
La escena de un rey que amó equivocadamente, marchando sin ojos al exilio, o la del muchacho hebreo, que propaló la hermandad universal, desangrándose en la cruz ante la presencia de las dos mujeres que más lo amaron, hacen pensar que el sentimiento de amor es el más contradictorio y dramático de la historia de la civilización.
Las sociedades marcan sus leyes amatorias; es más, la historia de las sociedades es la narración del acato o no de tales leyes. Mediante esos postulados no escritos el hombre nace aprendiendo qué bandera defender, qué insignia atacar, qué dios respetar y cuál combatir, qué ser humano despreciar, a quién proteger. De la obediencia o no a tales preceptos, dependerá su lugar, o su suerte definitiva.
El amor es el sentimiento antagónico del miedo. Mil setecientos treinta y ocho años después de que Claudio III condenara a muerte al obispo Valentín, por el mundo siguen huyendo hombres con las fosas de los ojos vacías y, también, muriendo con una herida en el costado y las manos clavadas.

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miércoles 13 de febrero de 2008

¿Siempre hablamos de nosotros?

(El yoismo en la literatura argentina actual)

Por Marcelo Galliano

La no breve polémica, llevada a cabo en diferentes espacios de debates, sobre la novelización que los escritores argentinos actuales realizan sobre su vida personal, me sorprendió releyendo una de las grandes novelas gestada en nuestro país en el último cuarto de siglo XX.
“El que tiene sed”, obra de Abelardo Castillo a la que acabo de aludir, relata las experiencias de un treintañero en la década del 70, afectado por la dipsomanía, esa patología emparentada al alcoholismo, pero con períodos de lucidez similares a la ciclotimia y a la psicosis maníaco depresiva. El libro es un joya magistral, dura y bella, intelectual y bella, por momentos… abstrusa y bella. Castillo mantiene la forma de novela con una ilación poco convencional, con intensidad de cuentista, prosa de poeta y mirada de erudito, como un ateo de profunda espiritualidad que vislumbra en dichas circunstancias un camino iniciático, una tentación desértica, una especie de camino a Damasco.
Poco sentido tendrían los párrafos que acabo escribir si no aclarara que el protagonista de tal novela es Esteban Espósito, alter ego de Abelardo Castillo…
Recuerdo ahora, con una sonrisa, una declaración de Borges: “por culpa de Freud todos los libros son autobiográficos”.
Lo cierto es que la literatura es la más intelectual de las artes, es un derivado del habla, o sea del sonido que el ser humano codifica y emite. Los sonidos del hombre primitivo eran expresiones de queja, de llanto, de dolor, de alivio, de placer (reacciones personales a las influencias externas, formas de reacción, de juzgamiento): la literatura, entonces, proviene de esas formas rudimentarias de juzgamiento, y todo juzgamiento de una situación exterior lo es de una situación interna. (YO emito un juicio de un hecho según lo que a MI me produce.)
Hablar del mundo es hablar de uno. Lo que vemos es un espejo de nosotros mismos, también lo que amamos y lo que odiamos. Toda nuestra vida nos refleja… ¿también nuestra muerte?
No es necesario que un escritor se convierta en personaje usando su propio nombre, sus fechas, sus circunstancias personales; todo lo que haga y diga será su propio nombre, sus fechas y sus circunstancias personales.
Será por eso que una historia ajena provoca tanta curiosidad: pensamos que metemos nuestra nariz en el alma de otro, cuando, valga la paradoja, al juzgar lo que estamos oliendo comenzamos a hablar de la nuestra.

lunes 11 de febrero de 2008

Ni un gramo de misoginia, ni un gesto de machismo

Por Marcelo Galliano


La propalación, en diferentes medios, de mi artículo “Mujeres: ¿harto de ellas?” me lleva a realizar algunas aclaraciones al respecto.
No es de mi interés remarcar el tinte irónico de la nota; si el carácter de un escrito no es captado por el lector, su aclaración posterior es fútil. Permitiéndome una breve digresión diría que el surrealismo siempre es inconciente. Pero las líneas a las que me refiero nada tienen de crípticas, y, en realidad, constituyen un cuestionamiento a la postura femenina actual, o sea al carácter masculino que han tomado, Dicho claramente; no me molesta un mundo manejado por mujeres; me fastidia, sí, que para lograrlo se conviertan en hombres.
Tal situación (la masculinización del género femenino) echa por tierra décadas de conjeturas tales como “el mundo sería mejor si las mujeres gobernaran”. No lo sabremos jamás: las mujeres están gobernando el planeta con códigos masculinos.
Por otra parte, y entrando en un terreno meramente estético (y soportando que se me acuse de poeta irremediable) tal actitud no les queda bien.
¿Machista yo? No, hombre a secas.

viernes 8 de febrero de 2008

¿Somos lo que pensamos?


¿Somos lo que pensamos? ¿La gente que tenemos en nuestra vida es exactamente la que atraemos? ¿Elegimos nuestra vida y nuestra muerte?
¿Las cosas son buenas o malas según nuestro punto de vista?
La foto que se muestra a nos ayudará a meditar al respecto (de cerca Einsten, de lejos... Marilyn)


domingo 3 de febrero de 2008

Mujeres: ¿harto de ellas?

Por Marcelo Galliano

La humanidad evoluciona con incompresible lentitud, al menos para los parámetros de la existencia individual del hombre (limitada, científicamente, con un máximo –esporádico y optimista- de 120 años).
Dentro de un proceso histórico de unos diez mil siglos, la raza humana pareció avanzar en un rallentado esquema rayuelístico, quizá una sabia estructura planeada por una mano invisible que, agnosticismo mediante, uno se resiste a reconocer, y que permitiría que tal evolución sea perfecta.
“Dos pasos adelante y uno atrás”, así se ha definido, en ocasiones, a la evolución del género.
A mi criterio, ese paso de reversa debería tomarse como la verdadera base evolutiva. En los tiempos oscuros, en que comienza a redundarse en actitudes primitivas, una fuerza subyacente delinea las ideas que, al dejar de ser resistidas –o combatidas- constituirán la base de los pasos siguientes –pasos hacia delante, por supuesto-.
Esta afirmación es incómoda. Pensar, por ejemplo, que miles de muertos por determinada enfermedad, son el motor investigativo de un científico que busca su cura, suena a crueldad, a inhumano pasado, a dios vengativo del Pentateuco. Por otro lado, tal realidad, nos confirma -oximoron mediante- nuestro esperanzado escepticismo: una epidemia se anuncia, se llora, se lamenta, y se documenta con miles de tumbas; un descubrimiento, en cambio, se reconoce con moderado énfasis, sabiendo que las tumbas ahora se destinarán… a muertos por otras causas.
La dura conclusión a los párrafos anteriores –que nos permita ir más allá de la sentencia macedoniana de que “la vida es un partida perdida”- es que la fuerza primigenia del mundo es la idea.
La actitud, la predisposición, la igualdad de oportunidades, son sólo distracciones que este raro ocaso del posmodernismo plantea con dudosa amabilidad democrática. Los avances del mundo son ejecutados por las mayorías bajo los postulados del Pensamiento; Pensamiento que, en cada generación, es representado por una minoría casi imperceptible, y muchas veces ignorada.
Durante siglos, casi 9999 de esos 10000 en que se ha estipulado la edad del ser humano, tanto la mayoría ejecutora como la elite ideológica, fueron integradas por hombres. Ni siquiera en momentos de rara lucidez histórica, como el renacimiento opositor al oscurantismo medieval, la mujer abandonó su papel de relegado partenaire.
El siglo XX, en cambio, le deparará un lugar en la mayoría silenciosa, obteniendo derechos cívicos, monetarios y familiares más dignos que el de figura decorativa, o el de sirvienta del líder masculino. El mundo de las ideas le sigue vedado. Personalidades como Golda Meyer, Simone de Beauvoir, o Marie Curie entre otros escasos nombres de tal trascendencia, constituyen honrosas excepciones.
El siglo XXI pareciera mostrar un trágico cambio al respecto. La mujer toma los cargos políticos, la mujer es mayoría en las universidades, la mujer es la principal consumidora del sistema capitalista actual, la mujer altera a capricho su reloj biológíco convirtiéndose en adolescente en plena edad menopáusica, la mujer modifica la estructura milenaria de familia viviendo sola, y criando hijos sin figura paterna, la mujer escribe, lee, escala, compite y pelea con una voracidad que asustaría a los hombres brutales del pleistoceno.
Dentro de esta “nueva realidad”, el mercado editorial -creador durante décadas del soporte en que se divulgan las ideas: el libro- se transforma de manera sorprendente. Ya no se puede hablar de literatura femenina, acaso ¿existe hoy en día otra literatura que no sea la femenina?
Ya no sólo las librerías y las editoriales de best seller sobreviven gracias a las mujeres, ya no sólo los talleres de aficionados se hermosean con faldas cortas y chanel de imitación, ya no sólo en bares de Filosofía y Letras o de Psicología se las ve a las corridas, abrochando fotocopias, pagándose el café, o mandándole un mensaje de texto a un pobre cristo que espera su decisión de continuar o no con la relación…
No, no es sólo eso. Hoy el mundo de la creación y de la intelectualidad es femenino. Como corolario de tal situación, los certámenes literarios se rinden ante ellas.
Recuerdo, con algo de malicia, la ceremonia de entrega del Premio Victoria Ocampo del año pasado; los tres finalistas masculinos nos dedicamos a aplaudir a las ganadoras, a comentarnos los certámenes recientes que habíamos perdidos en manos de mujeres, y a sonreír por la seguidilla de triunfos femeninos en el Premio Clarín Novela –ya van seis temporadas con ganadoras, si la cuenta no me falla; podríamos agregar el Página 12, el Casa de las Américas, etc, etc-
La pregunta que me surge es la siguiente. ¿Las mujeres se largaron a escribir en los últimos diez años? ¿Desde siempre escribían en esa cantidad pero hoy en día ganaron una calidad inocultable? ¿Antes, el ámbito intelectual las ignoraba y las relegaba al papel de gestoras de novelitas de venta fácil?
Creo que el asunto es más complejo. La mujer ha tomado casi todos los espacios del hombre, entre ellos la guerra, la diplomacia y los negocios. También ha asumido la postura masculina para subsistir en esos inhumanos tópicos. Lo peor del hombre ahora también es de ellas. También las agencias y las editoriales.
El actual idilio entre mujer y sistema no significa que vivamos en un mundo de grandes escritoras.
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