Por Marcelo Galliano
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi
Hace 100 cien años, la tierra de mis abuelos paternos, vio nacer a uno de los grandes hombres de la poesía italiana, quien pasaría a la posteridad por ese inolvidable verso que acabo de citar.
Cesare Pavese vio la luz en la campiña piamontesa, más exactamente en San Stefano Belbo. Quien dio al toscano, en esplendidas traducciones, célebres páginas de Joyce, Faulkner y Steinbeck, jamás olvidó la cadencia, la musicalidad de su dialecto natal (o, mejor dicho y para ser justos, su idioma natal, ya que el piamontés es una lengua independiente, de origen romance como el occitano o el catalán.)
La obra de Pavese es neorrealista, minada por la decepción y el desamor, inundada por el paisaje de la niñez, por el pueblo y las campanas descriptos con simpleza y profundad casi taoistas, que rozan a veces el panteonismo de Whitman (sobre quien, no casualmente, escribió una tesis doctoral para la Universidad de Turín.)
Depresivo irreversible, dudante político que huyó del fascismo al comunismo, fue más estudiado por su trágico final que por su obra. El gran Italo Calvino diría que, a pesar de eso, en él "existe una historia de la felicidad, de una difícil felicidad en el corazón de la tristeza, de una felicidad que nace con el mismo impulso de profundizarse en el dolor, hasta que la fisura es tan grande que el fatigoso equilibrio se despedaza."
Quizá, conjeturo yo, sólo un hombre de esas características puede escribir:
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Hace 100 cien años, la tierra de mis abuelos paternos, vio nacer a uno de los grandes hombres de la poesía italiana, quien pasaría a la posteridad por ese inolvidable verso que acabo de citar.
Cesare Pavese vio la luz en la campiña piamontesa, más exactamente en San Stefano Belbo. Quien dio al toscano, en esplendidas traducciones, célebres páginas de Joyce, Faulkner y Steinbeck, jamás olvidó la cadencia, la musicalidad de su dialecto natal (o, mejor dicho y para ser justos, su idioma natal, ya que el piamontés es una lengua independiente, de origen romance como el occitano o el catalán.)
La obra de Pavese es neorrealista, minada por la decepción y el desamor, inundada por el paisaje de la niñez, por el pueblo y las campanas descriptos con simpleza y profundad casi taoistas, que rozan a veces el panteonismo de Whitman (sobre quien, no casualmente, escribió una tesis doctoral para la Universidad de Turín.)
Depresivo irreversible, dudante político que huyó del fascismo al comunismo, fue más estudiado por su trágico final que por su obra. El gran Italo Calvino diría que, a pesar de eso, en él "existe una historia de la felicidad, de una difícil felicidad en el corazón de la tristeza, de una felicidad que nace con el mismo impulso de profundizarse en el dolor, hasta que la fisura es tan grande que el fatigoso equilibrio se despedaza."
Quizá, conjeturo yo, sólo un hombre de esas características puede escribir:
Per tutti la morte ha uno sguardo.
Verrà la morte e avrà i tuoi occhi.
Estrofa que, jugando al traduttore traditore, podría transliterar como:
Para todos tiene la muerte una mirada
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Esa muerte lo encontró (él fue al encuentro de esa muerte) en 1950, tras redactar su ensayo sobre Stevenson, quizá buscando, en las letras de ese casi deísta escosés, una respuesta, una imagen concreta de esos ojos que pensaba ver al morir.
Estrofa que, jugando al traduttore traditore, podría transliterar como:
Para todos tiene la muerte una mirada
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Esa muerte lo encontró (él fue al encuentro de esa muerte) en 1950, tras redactar su ensayo sobre Stevenson, quizá buscando, en las letras de ese casi deísta escosés, una respuesta, una imagen concreta de esos ojos que pensaba ver al morir.
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