viernes 19 de diciembre de 2008

La ceguera y yo

(Introducción y cuento breve)

Por Marcelo Galliano

El fantasma de la ceguera ronda en la cabeza de todos los que, como yo, sufren alguna enfermedad visual de cierta gravedad. La historia de la literatura ha abordado el tema de diversas formas. De adolescente –y por “prescripción escolar”- llegó a mis manos el Lazarillo de Tormes, texto renacentista que vindica la creencia sobre la capacidad de adivinación del futuro por parte de los ciegos. Supe después que tal genial superstición la había utilizado Sófocles dos mil años antes. (Desde luego nunca pude comprobar tal conjetura y, en cuanto a Sófocles y a las situaciones expuestas en sus logradas tragedias, me gusta recordar la frase de Stevensohn: “Lo único que sabemos es que Edipo no tenía ningún complejo”.) Uno de los momentos más extraños de mi vida lo experimenté al pasar por la entrada de una escuela para adultos ciegos, muy cercana a mi casa. Salían varios de ellos y, la expresión de todos, en conjunto, era notoriamente diferente a la imagen del invidente solitario al cual uno, muchas veces, ayuda a cruzar una calle. Estaban sonrientes, seguros. En ese instante y en esa vereda: eran mayoría. Wells reflejó una situación semejante en su novela “El país de los ciegos”. En tal relato, un hombre vidente, que llega a un pueblo de ciegos, termina considerándose discapacitado ante los demás, llegando a meditar sobre la posibilidad de arrancarse los ojos (como Edipo…) Sábato, Saramago, y tantos otros, plantearon es sus escritos el misterio de la oscuridad. La literatura de Borges, en cambio, desarrolla la ceguera como una presencia constaste, como una forma del inevitable olvido, de la imperfecta memoria humana. El propio Jorge Luis Borges se encargó de declarar que no vivía su ceguera como un impedimento dramático. Paradójicamente, jamás aprendió braile. Esto podría tomarse como una negación de su problema; me gusta, en cambio, pensar que fue su forma de expresar que lo perdido era imposible de recuperar por otros medios.Hace menos de un año gané un segundo puesto en el certamen Victoria Ocampo, con mi cuento “Recuerdo elegido”. Este relato sobre la ceguera, que les ofrezco a continuación, constituye una metáfora de la soledad, del hombre ante el universo inabarcable, del bien y el mal como una cuestión de voluntad.
Recuerdo elegido (cuento breve)
Esa mañana en que me informaron que mi ceguera sería inevitable en un futuro casi inmediato, no atiné a pensar en cómo se desarrollaría mi vida en la oscuridad. Recuerdo haber recibido la noticia aún sentado en la camilla, todavía encandilado por el efecto de un colirio para la dilatación de las pupilas, con el pañuelo rozándome las pestañas, secándome los párpados ardidos por el reciente examen ocular.Creo –estoy seguro- que recién al salir del lugar tomé conciencia de la irreversibilidad de la noticia. Comencé a sentir nostalgia del presente, sensación por demás ridícula, pero comprensible. Sabía que todo lo visto debía reafirmarse para no perderse definitivamente en el engaño de mi memoria; de no ser así –de no grabarse en mi cabeza con literalidad enfermiza- lo vivido sería vano, falso e incluso inexistente.Me sumergí, entonces, a la tarea de observarlo todo. La misión fue torturante. No me bastaba mirar con detenimiento, con detalle, con obsesión; quería hacerlo con fuerza, con intensidad. No me convencía apreciar las imágenes con la pasividad de mis pupilas torpes, ajenas a la realidad como ventanas a la espera de que el entorno las invada; quería que mi retina olfateara, que empuñara las figuras poseyéndolas, masticándolas, salivándolas con lágrimas como una dentadura dispuesta a fagocitarlas. Debía atesorarlas, guárdalas para cuando no estuvieran, para el momento en que el rededor fuera un mar oscuro sin estrellas ni olas.Corrí, corrí con desesperación, ante cada idea que mi mente me acercaba para que fuese incluida en mi inventario. No me avergüenzo al reconocer que llegué a situar entre mis cejas a las criaturas más insignificantes de la creación. Me extasié llevándome a la frente una manzana, una piedra, una rosa. Junto a está última no resistí al deseo de navegarla pétalo a pétalo, de reflejarme en cada perla húmeda del relente que la bañaba. Luego de cada uno de esos trances la imperiosidad me acechaba tirando de mis ropas, reclamándome huir hacia otras expresiones de vida que también merecían ser perpetuadas en mi cabeza.Fue entonces cuando quise elevarme, o hacerme alto y palpar la nube, la bóveda celeste y cada dibujo de todo pájaro que la trazaba con el crayón invisible de la estela de su aletear. Mis córneas se asieron a esos dibujos imaginarios de las aves en el aire. Una alfa, una ese, una circunferencia. Todo símbolo conocido ayudaba a la codificación de esos vuelos que ya nunca más vería.Recuerdo mi desasosiego luego de tres o cuatro impulsos de ese tipo. Reconocí, con tristeza, que el universo me rebozaba, que no sería capaz de inmortalizar ni una milésima parte de lo existente, que millones de nimiedades se extraviarían.Podía arrojarme a mi cama a bosquejar fisonomías amadas, algo así como un ejercicio de elección, previo a ese porvenir en el cual sólo pocas cosas sobrevivirían al olvido. No lo hice. Atiné a ser práctico en la tragedia. Hurgué entre mis odios. Caminé decididamente hasta buscar al indicado. Al tenerlo frente a mí, su sonrisa me recordó cuanto lo detestaba. Saqué el arma, lo apunté, y con felicidad extrema perforé su pecho.Aliviado por la imagen elegida, me arrodillé ante el cadáver, aproximé mis ojos a su boca, y me llevé su rostro yerto a la oscuridad.
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