Una de los hechos más esperanzadores de la historia de Occidente, lo protagonizaron dos padres y sus respectivos hijos.
Se cuenta que un agricultor inglés de apellido Fleming trabajaba en su campo en el momento de escuchar el llanto desesperado de un niño que había caído en un pozo de lodo. El hombre rescató al chico salvándolo de la muerte, sin siquiera preguntarle quiera era.
A la mañana siguiente un lujoso carruaje llegó a la casa del campesino. De él bajó un señor de suma elegancia, modales nobles y aspecto atildado, que se presentó como Randolph Churchill. Era el padre del muchachito rescatado. Sin rodeos, ofreció recompensar con dinero el gesto del horticultor.
En plena conversación, el noble vio aparecer a un chiquillo en las cercanías de la granja., intuyendo que era hijo del lugareño.
-Ya que no acepta mi dinero, permítame costearle una buena educación a su hijo –le pidió. Luego de reiteradas insistencias, el padre aceptó.
Pasaron años y el niño terminó graduándose en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, llegando a ser una de las personalidades más relevantes de la medicina universal, me refiero a Sir Alexander Fleming.
Aquel pequeño, rescatado de una muerte segura en el lodo, también creció y se convirtió en un personaje célebre: Sir Winston Churchill, quien ya de adulto enfermó gravemente de pulmonía, siendo salvado por los efectos de la penicilina, descubierta en 1942… por Alexander Fleming.
Nada causa más indignación a nuestro ego que la pérdida de nuestra individualidad. No me refiero al reconocimiento de un valor propio e irrepetible, ni a la vindicación de una misión única que, como formas personalizadas de la energía divina, en algún momento cumpliremos –aún a pesar de nuestras diferentes máscaras-.
Aludo al sentido material de pertenencia, a la creencia de posesión. Hasta cuando hablamos de “nuestra verdad” -jactándonos de una amplitud de conceptos- lo hacemos desde una óptica egocéntrica, intentado convencer -y convencernos- de que existe una realidad personal.
¿Es posible entonces, una dimensión propia de existencia signada por leyes individuales de creación y ajena a todo principio universal? Esta pregunta nos lleva a asumir que lo que denominamos “nuestra verdad” es sólo la serie ordenada de juicios que hemos emitido sobre un asunto.
Me divierte meditar sobre estas nociones de interacción. He vivido, a cada paso, pruebas fehacientes de la unidad. He llegado a creer, sin comprobarlo nunca, -acreditación, dicho sea de paso, que no me quita el sueño- que constituimos un haz de vibración cuya nuestra frecuencia atrae, no sólo sucesos unísonos a esa rata vibratoria, sino también personas.
En infinidad de ocasiones me he encontrado a viejos conocidos -a los cuales había dejado de ver por años- dos veces en una misma semana y sin causa aparente. (Lo he consultado con otras personas y también han tenido ese tipo de experiencias)
Si uno analiza la cantidad de acontecimientos que deben orquestarse para que dos seres humanos se crucen, en un horario y lugar determinados, pueden llegar a numerarse cientos de miles. ¿Podemos hablar de casualidad? ¿Debemos, por otro lado, imaginarnos a un Dios pendiente de cada uno de nuestros movimientos, como, por ejemplo, llamar al ascensor disponible para evitar un retraso de veinte segundos y que el encuentro se realice?
(Reconozco el encantamiento literario que me produce la imagen de un dios -jactancioso, mirándonos desde lo alto- riendo en silencio ante nuestros planes de ordenamiento diario, y regocijándose ante su poder de enfrentarnos con la persona menos esperada -en el lugar y el momento menos esperados)
Pero todas estas frágiles disquisiciones -inclusive la fascinación cuasi libresca que describí entre paréntesis- conservan una perspectiva separatista.
No se llega a la comprensión de la unidad con disecciones analíticas, porque, en su estado primario, todo análisis es signo de violencia intelectual. Tampoco se alcanza con una ciencia que avanza –y que, con isótopos radiactivos, puede comprobar que en mí conviven átomos que otrora fueron parte de los cuerpos Gandhi o de Hitler- ya que, por más agigantados que sean los pasos de la erudición, siempre correrán a años luz de distancia de los milagros.
El ensanchamiento de nuestra conciencia es lo que abre las puertas perceptivas a una realidad mágica. Para ver la blancura de las perlas en los dientes de un perro muerto –según aquella historia del nazareno- debemos, primero, reconocer el resplandor de nuestra naturaleza superior, encontrando su reflejo en cada partícula de vida, sabiéndonos herederos de la magia.
De otra forma nos sentiremos ladrones, nacidos -parafraseando a Bukowski- para robar rosas en las avenidas de la muerte.
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Se cuenta que un agricultor inglés de apellido Fleming trabajaba en su campo en el momento de escuchar el llanto desesperado de un niño que había caído en un pozo de lodo. El hombre rescató al chico salvándolo de la muerte, sin siquiera preguntarle quiera era.
A la mañana siguiente un lujoso carruaje llegó a la casa del campesino. De él bajó un señor de suma elegancia, modales nobles y aspecto atildado, que se presentó como Randolph Churchill. Era el padre del muchachito rescatado. Sin rodeos, ofreció recompensar con dinero el gesto del horticultor.
En plena conversación, el noble vio aparecer a un chiquillo en las cercanías de la granja., intuyendo que era hijo del lugareño.
-Ya que no acepta mi dinero, permítame costearle una buena educación a su hijo –le pidió. Luego de reiteradas insistencias, el padre aceptó.
Pasaron años y el niño terminó graduándose en la Escuela de Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, llegando a ser una de las personalidades más relevantes de la medicina universal, me refiero a Sir Alexander Fleming.
Aquel pequeño, rescatado de una muerte segura en el lodo, también creció y se convirtió en un personaje célebre: Sir Winston Churchill, quien ya de adulto enfermó gravemente de pulmonía, siendo salvado por los efectos de la penicilina, descubierta en 1942… por Alexander Fleming.
Nada causa más indignación a nuestro ego que la pérdida de nuestra individualidad. No me refiero al reconocimiento de un valor propio e irrepetible, ni a la vindicación de una misión única que, como formas personalizadas de la energía divina, en algún momento cumpliremos –aún a pesar de nuestras diferentes máscaras-.
Aludo al sentido material de pertenencia, a la creencia de posesión. Hasta cuando hablamos de “nuestra verdad” -jactándonos de una amplitud de conceptos- lo hacemos desde una óptica egocéntrica, intentado convencer -y convencernos- de que existe una realidad personal.
¿Es posible entonces, una dimensión propia de existencia signada por leyes individuales de creación y ajena a todo principio universal? Esta pregunta nos lleva a asumir que lo que denominamos “nuestra verdad” es sólo la serie ordenada de juicios que hemos emitido sobre un asunto.
Me divierte meditar sobre estas nociones de interacción. He vivido, a cada paso, pruebas fehacientes de la unidad. He llegado a creer, sin comprobarlo nunca, -acreditación, dicho sea de paso, que no me quita el sueño- que constituimos un haz de vibración cuya nuestra frecuencia atrae, no sólo sucesos unísonos a esa rata vibratoria, sino también personas.
En infinidad de ocasiones me he encontrado a viejos conocidos -a los cuales había dejado de ver por años- dos veces en una misma semana y sin causa aparente. (Lo he consultado con otras personas y también han tenido ese tipo de experiencias)
Si uno analiza la cantidad de acontecimientos que deben orquestarse para que dos seres humanos se crucen, en un horario y lugar determinados, pueden llegar a numerarse cientos de miles. ¿Podemos hablar de casualidad? ¿Debemos, por otro lado, imaginarnos a un Dios pendiente de cada uno de nuestros movimientos, como, por ejemplo, llamar al ascensor disponible para evitar un retraso de veinte segundos y que el encuentro se realice?
(Reconozco el encantamiento literario que me produce la imagen de un dios -jactancioso, mirándonos desde lo alto- riendo en silencio ante nuestros planes de ordenamiento diario, y regocijándose ante su poder de enfrentarnos con la persona menos esperada -en el lugar y el momento menos esperados)
Pero todas estas frágiles disquisiciones -inclusive la fascinación cuasi libresca que describí entre paréntesis- conservan una perspectiva separatista.
No se llega a la comprensión de la unidad con disecciones analíticas, porque, en su estado primario, todo análisis es signo de violencia intelectual. Tampoco se alcanza con una ciencia que avanza –y que, con isótopos radiactivos, puede comprobar que en mí conviven átomos que otrora fueron parte de los cuerpos Gandhi o de Hitler- ya que, por más agigantados que sean los pasos de la erudición, siempre correrán a años luz de distancia de los milagros.
El ensanchamiento de nuestra conciencia es lo que abre las puertas perceptivas a una realidad mágica. Para ver la blancura de las perlas en los dientes de un perro muerto –según aquella historia del nazareno- debemos, primero, reconocer el resplandor de nuestra naturaleza superior, encontrando su reflejo en cada partícula de vida, sabiéndonos herederos de la magia.
De otra forma nos sentiremos ladrones, nacidos -parafraseando a Bukowski- para robar rosas en las avenidas de la muerte.
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