Por Marcelo Galliano
“Se puede recorrer el mundo entero sin hallar un monumento a un crítico”, decía Sibelius; quizá con esta sentencia le respondía, sin citarlo, a Theodor Adorno, quien llegó a adjetivarlo como a un compositor pocos menos que amateur. Pero, en su frase, Sibelius expone no sólo una seca contestación a los detractores de sus pentagramas, sino que demuestra el pensamiento subyacente de todo artista: lo único considerable a la hora de las veneraciones, es el creador.
La crítica, como todo análisis, es un acto de violencia intelectual. Crear es unir, interpretar es diseccionar. El intérprete atomiza la obra, la divide, la pesa, la compara; luego intenta darla al mundo tras el lente deformante de su visión (nada es más soberbio ni más calumnioso que un buen par de anteojos.) En el ínterin algo se ha perdido, se ha esfumado sin que el crítico y el lector de la reseña sepan bien qué es: ese algo es el Arte. (La religión no es Dios, la política no es la idea, el psicoanálisis no es la foto kirlian del alma…)
La literatura es el Arte más propicio para la elucubración intelectual. Es lógico; tanto el creador como el crítico utilizan la misma arma: la palabra. La música y la pintura corren otra suerte.
¿Deberíamos exigir a los críticos un aggiornamiento acorde a las transformaciones gramaticales e idiomáticas que la literatura marca? ¿Podrían ellos, entonces, juzgar la literatura que paralelamente les está dando los elementos para su profesión? Por el contrario, ¿el enfoque crítico debería ser ajeno a todo movimiento literario, manteniéndose incólume? De ser así: ¿qué diferencia habría entre crítica y ensayo literario?
Helsinsky, quizá fría hasta en sus más cálidas demostraciones, exhibe en el Sibeluis Park la majestuosa obra de la escultora Eina Hiltunen (cientos de tubos de acero en honor al gran compositor). Tal ineludible monumento parece responder, tácitamente, esas acaso triviales inquisiciones.
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1 comentarios:
Marcelo, muy bueno el artículo en que se critica a los críticos literarios. Lo cierto es que destrozan, muchas veces, una obra y cuando la quieren recomponer, el autor no reconoce su trabajo. la mayoría de las veces su visión es limitada por su condición religiosa o politica y esto lo podemos extender a ciertos certamenes en los que ellos se acreditan
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