Una de las más fuertes declaraciones que contiene la Biblia se haya en el Nuevo Testamento, más exactamente en el versículo 23 del capítulo 19 del Evangelio de San Mateo: “Les repito que es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de Dios”.
Esta categórica frase, que el escritor pone en boca de Jesús, ha sido, y es, uno de los motivos de discusión ideológica -y de contradicción práctica- más aludido en debates político/religiosos.
La superficial idea de la pobreza material como requisito sine qua non para la salvación eterna -figura que se desprende con el primer vistazo al texto-, es una tentadora imagen para el disenso partidista y la extorsión clerical.
Pero las palabras del nazareno encierran un significado mucho más profundo.
Me atrevo a pensar que el Maestro vislumbró -y expresó- las dificultades que, una mentalidad rica en conocimiento intelectual, tendría para realizar las verdades trascendentes.
No creo que fuera una pintoresca prosopopeya –adapto un término de la tradición fabulística- la actitud del avatar hebreo de elegir un discipulado compuesto por hombres de magra instrucción.
¿Puede una persona, atosigada de conocimiento tridimensional, conservar intacta su percepción para detectar realidades no captables por los sentidos físicos?
¿Conserva, mezclada entre datos y compromisos, intacta su libertad de elegir?
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Esta categórica frase, que el escritor pone en boca de Jesús, ha sido, y es, uno de los motivos de discusión ideológica -y de contradicción práctica- más aludido en debates político/religiosos.
La superficial idea de la pobreza material como requisito sine qua non para la salvación eterna -figura que se desprende con el primer vistazo al texto-, es una tentadora imagen para el disenso partidista y la extorsión clerical.
Pero las palabras del nazareno encierran un significado mucho más profundo.
Me atrevo a pensar que el Maestro vislumbró -y expresó- las dificultades que, una mentalidad rica en conocimiento intelectual, tendría para realizar las verdades trascendentes.
No creo que fuera una pintoresca prosopopeya –adapto un término de la tradición fabulística- la actitud del avatar hebreo de elegir un discipulado compuesto por hombres de magra instrucción.
¿Puede una persona, atosigada de conocimiento tridimensional, conservar intacta su percepción para detectar realidades no captables por los sentidos físicos?
¿Conserva, mezclada entre datos y compromisos, intacta su libertad de elegir?
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