de Marcelo Galliano
Señor: los pies no piensan cuando hieren la arena,
pero una ola descalza recoge cada pena
sin que nade lo sepa, llevándola hacia el mar.
Y la espiga no quiere que alguien le diga trigo:
verdeará en la alborada sin precisar testigo
y hecha pan en los labios va a volver a brillar.
La rosa desconoce si alguien le dice rosa,
mas si pasa a su lado la más inmunda cosa
no dudará ofrecerle su perfume sutil;
la estrella que se arruga por los pliegues del río
ni piensa en quien la ignora con su gesto vacío:
lo seguirá alumbrando como un bello candil.
El viento ni se entera si tiene seguidores
lleva el aroma a lluvia por anchos corredores
de crepúsculos tibios de color arrebol.
Y a Dios poco le importa si el hombre no le reza
pero conserva intacta -¡intacta!- la grandeza
con que gestó los campos, los mares, y hasta el sol.
No hay ave que le tema a un cazador furtivo
despliega sin cuidado su vuelo más altivo,
una mano invisible logra hacerla elevar,
es cuando con sus alas se trepa al firmamento
desoyendo en el aire todo el burdo lamento
que desde el suelo emana quien no aprendió a volar.
Y a una mujer preciosa no la mellan agravios,
no hay tormenta que pueda ni tocarle los labios,
ni nublarle los ojos, ni quebrarle la voz;
no hay palabra que logre ajarle la piel tersa,
ni pensamiento oscuro, ni idea tan perversa
que le marchite el alma –alma que le dio Dios-.
Por eso, señor mío, no malgaste sus horas
las noches más terribles mueren con las auroras,
es cuando los fantasmas se deciden partir.
Incólume ante todo persistirá la hermosa
mujer que usted ha insultado –dama dulce y gloriosa-
y el amor de este imbécil que jamás va a morir.